lunes, 16 de marzo de 2015

PODEMOS Y VENEZUELA

    El establishment vocea cualquier vínculo de Podemos con el chavismo, a ver si así consigue pararle los pies. Salta a la primera página que Íñigo Errejón le cayó en gracia a una hija de Hugo Chávez… ¡Pues sí que han llegado lejos el entendimiento y la complicidad!
      Ya hemos visto lo sucedido con las cuentas de Juan Carlos Monedero, entendidas como una revelación trascendental, como prueba de un delito de financiación subterránea  de Podemos. ¿No debería ese hombre ser pobre como una rata? ¡Aquí hay algo sospechosísimo!
     La noticia de ayer: se le pidió a Pablo Iglesias que condenase la detención del alcalde de Caracas y él se fue por la tangente. Manifestó que le desagrada que un alcalde se encuentra entre rejas. O sea, no la condenó… (¿Y cómo la iba a condenar porque sí, solo para darle el gusto a la caverna? ¿Y si el conocido antichavista estaba involucrado en una intentona golpista como asegura el gobierno venezolano?). 
     La noticia de hoy es que los europarlamentarios de Podemos rechazaron las sanciones que el Partido Popular Europeo, portavoz del establishment mundial, pretende imponer a Venezuela por una supuesta vulneración de los derechos humanos. O sea, Pablo Iglesias  y los suyos defendieron a Maduro, se retrataron, mostraron sus cartas, quedando probado lo que se pretendía demostrar, a saber, que son unos bichos, que los derechos humanos les importan un bledo, que no son demócratas… Acosado por los medios, Pablo Iglesias añadió que no conoce personalmente a Maduro y que está a favor del diálogo y no de las sanciones.
      La derecha vernácula aprovecha la crisis venezolana para meter miedo a los españoles. Caiga sobre Podemos toda la basura lanzada sobre Chávez y sobre Maduro, ahora elevado a la categoría de "peligro para la seguridad de los Estados Unidos", categoría reservada a personajes como Manuel Noriega, Sadam Hussein o Muhamar Gadaffi, de lo que nada bueno cabe esperar, pues el paso siguiente suele ser una acción “humanitaria”, en “defensa de la libertad”, de terribles consecuencias para el pueblo.
     Podemos se nos pone de perfil, lanza balones fuera y trata de que esa basura no le sepulte. No le conviene que esa identificación con el chavismo, hoy en crisis, se consolide en el imaginario colectivo. Como no le conviene tampoco presentarse como un enemigo declarado del establishment,  un enemigo a la Chávez. De ahí que se abstenga de defender al chavismo con la rotundidad que cabría esperar, aun al precio de quedar indefenso ante los ataques que recibe, e incluso al de dar la impresión de doblez que encanta a sus enemigos e irrita, a no dudar,  a una parte de sus simpatizantes.
   Como yo no pertenezco a Podemos (ni a ningún otro partido), como estoy a solas con mi ordenador y mi perro, me voy a tomar la licencia de decir algunas cositas. Dada la situación mundial, en la que se está a favor de la barbarie neoliberal o contra ella, no hay nada indecoroso en haber tenido o tener buenas relaciones precisamente con el chavismo (como tampoco tenerlas con Rafael Correa, con Evo Morales o con José Mújica, por ejemplo).   
     ¿Acaso era Venezuela un país idílico antes de la democrática llegada de Hugo Chávez a la presidencia?  ¿Acaso el país era un modelo a seguir en tiempos de Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera, devenidos ambos en peones del Consenso de Washington, decididos a hacer lo mismo que ahora se está haciendo en España (desplumar al pueblo)?
    ¿Acaso es decente ignorar los indiscutibles logros sociales del chavismo, todos indigestos desde el punto de vista de la oligarquía local y transnacional? ¿Se puede ignorar que ésta ha estado maniobrando contra el chavismo desde el primer día? ¿Se puede olvidar que en estos momentos el presidente Maduro está siendo objeto de una feroz campaña de acoso, en la que sus enemigos parecen dispuestos a ir a por todas?
     Eso de echar abajo el precio del petróleo y dejar las tiendas desabastecidas no dice gran cosa sobre su capacidad de gobierno de Maduro y mucho, en cambio, sobre el poder de sus enemigos  (lo mismo se hizo contra Salvador Allende en Chile, donde se echó por tierra el precio del cobre nacionalizado…). Para la derecha mundial es de vital importancia que el chavismo y otros proyectos similares  descarrilen y muerdan el polvo. Se trata de demostrar, por las malas, que “no hay alternativas”. Esto lo sabemos todos, como deberíamos saber que, en caso de que Podemos llegue al poder  no lo tendría nada fácil para desmentir este absurdo criminal que se sacó de la manga la señora Thatcher. El establishment se defenderá con uñas y dientes.
    En rigor, lo verdaderamente escalofriante, lo que habría sido devastador para la esperanza que representa Podemos en España habría sido descubrir  un entendimiento entre sus principales dirigentes  y los hermanos Koch… un entendimiento con los magos de la banca en la sombra, una repentina admiración por Peña Nieto, un trato preferente del señor Juncker, un favorcito del rey de Arabia Saudita…
    A juzgar por los compadres, capataces  y empleadores de los enemigos de Podemos, ni siquiera soy capaz de sobresaltarme con la noticia de que no sé que programa televisivo de Pablo Iglesias ha contado o cuenta con patrocinio iraní. Esto es lo que han conseguido sus enemigos al presentarse como unos santitos, como altísimos modelos de solvencia democrática y moral. Resulta cargante que se escandalicen como hienas ante tales o cuales relaciones de Podemos, como si ellos tuvieran las manos limpias. Y ya es el colmo que se movilicen masivamente en defensa del alcalde de Caracas, porque son los mismos que tienen por norma no decir nada sobre Guantánamo y silenciar todas y cada una de las barbaridades de los “buenos” de esta historia para no dormir.

     

martes, 10 de marzo de 2015

LA RELIGIÓN COMO ASIGNATURA


     Nada nos puede sorprender que el BOE consagre la religión como asignatura puntuable  y el creacionismo como saber digno de ser impuesto en las escuelas. En primer lugar porque nuestro Estado se ha resistido a ser un Estado laico cabal (no es raro topar con personas que se expresan como si siguiera vigente aquello del Trono y el Altar). Y en segundo lugar, por la adscripción del Partido Popular a la corriente neoliberal y neoconservadora, un sofrito intelectual de origen norteamericano en el que la religión desempeña, cínicamente, un papel premoderno.
    Uno puede creer que la religión como asignatura obedece  a la simple reactivación de pulsiones nacional-católicas locales. En parte sí, desde luego, pero lo decisivo  ha sido el influjo creciente de la corriente neoliberal y neoconservadora, capaz de insuflar nuevos bríos a cualquier fundamentalismo.
     El señor Ignacio Wert, ministro de Educación, pertenece en cuerpo y alma a esa corriente retrógrada. Puede que él se crea muy avanzado, pero sus iniciativas en el plano de la educación datan de mediados de los años setenta del pasado siglo. Todas ellas despuntaron en los conventículos derechistas financiados por los hermanos Koch, Mellon y similares, como reacción contra el modelo de sociedad imperante y, desde luego, contra los ideales de la Ilustración y del New Deal.
    ¿Qué sentido tenía ofrecer una buena educación para todos, si el resultado no era una sociedad conformista? Las eminencias grises de esos conventículos pretendían acabar con los usos y costumbres políticos vigentes. Querían volver en economía al laissez-faire y a la ley de hierro de los salarios, querían imponer una educación elitista, entendida como negocio privado, la única que convenía a los intereses oligárquicos, la única compatible con el capitalismo salvaje. Aquí no nos enteramos.
     La Transición se hizo con viento a favor, según los planteamientos característicos de los años mejores del siglo XX, antes de que el pensamiento neoliberal y neoconservador mostrase sus poderes propagandísticos. Dejar abandonadas las escuelas públicas, apoyar las privadas y tomar al asalto las universidades no fue una simple moda. Obedeció a un completo programa de ingeniería social made in USA, orquestado de menos a más. Lo que empezó del otro lado del Atlántico no tardó en llegar a Europa por la puerta de atrás, estimulando a la elite y sus asociados y peones de brega, categoría esta a la que pertenece el señor Wert.
     Y claro, hubiera sido mucho pedirles a esos antiilustrados que dejaran en paz la religión. Pronto se acordaron de que había sido un formidable instrumento de dominación y de que como tal la había considerado el sapiente Maquiavelo. Ahora iba a ser más necesaria que nunca, para que los norteamericanos tuvieran a qué agarrarse y con qué distraerse cuando la miseria se abatiera sobre ellos como una plaga bíblica.
    A principios de los años setenta había en Estados Unidos unos diez millones de cristianos renacidos, hoy son nada menos que noventa  millones. Y no por casualidad. Hizo falta una montaña de dinero para lograrlo. Telepredicadores como Jerry Fallwel y Pat Robertson fueron cortejados por la Fundación Heritage. Dinish d´Souza, un racista declarado, uno de los protegidos de Irving Kristol,  cobró sus buenos dineros por escribir una biografía de Falwell, cofundador de la Moral Majority. Falwell era  capaz de afirmar que  el SIDA es el merecido castigo de Dios a los homosexuales y a la sociedad que los tolera. Siempre contó con el apoyo del American Enterprise Institute (algo así como la matriz de la FAES). Como defendía un peculiar “sionismo cristiano”,  el lobby judío le regaló un avión, para facilitar sus espectaculares desplazamientos.
     Cuando la señora Thatcher proponía, junto al dogma neoliberal, un retorno a la moral victoriana,  encarnaba esa ideología emergente, al igual que el señor Reagan al presentarse a las elecciones con la idea de imponer la oración en las escuelas (decidido a cargarse una sentencia en sentido contrario del Tribunal Supremo rubricada en 1951…)  ¡Al diablo el Estado laico!  Reagan no dudó en afirmar que los norteamericanos estaban “volviendo a Dios”. Se reputaba seguidor de la Moral Majority de Falwell.  Y fue muy lejos al declarar que el laicismo es una "desviación", una "degeneración"… Así se expresaba este santón de la derecha neoliberal española, admirada de su tosca asertividad.
     Afortunadamente para nosotros, estas cosas nos alcanzaron con  algún retraso, o en este país no tendríamos ni divorcio ni aborto. Hace treinta años el señor Gallardón no se habría atrevido ni siquiera a proponer su ley antiabortista; tampoco Wert a imponernos sus  torticeras iniciativas de largo alcance. Ahora, sin embargo, con el  manoseado manualillo ideológico de aquellos conventículos, sumado a la mayoría absoluta y a la presión de los de siempre, ninguno de los dos se ha andado con pequeñeces, como tampoco su partido, clara e irreparablemente reducido a su registro neoliberal y neoconservador. 
    Solo la sensatez de la gente puede  frustrar el plan de consumar la maniobra de ingeniería social subyacente. Pero, de momento, ya tenemos aquí la religión como asignatura, los rezos por obligación, con nota. Y aquí tenemos también el creacionismo, en versión católica, como asunto de Estado. Me repugna. Una cosa es la religión como respetable asunto privado, otra como asunto de Estado, en cuyas manos se transforma en mera superstición, como ya nos previno el poeta Virgilio hace dos milenios.

miércoles, 4 de marzo de 2015

CONTRA PODEMOS

    Como estamos viendo, contra Podemos vale cualquier cosa. Parece que tendrían que horrorizarnos sus buenas relaciones con Venezuela, Ecuador o Argentina, con los llamados “populismos” hispanoamericanos que tanto sulfuran al establishment mundial.
     Se batalla por dejar fuera de juego al nuevo  partido,  como cosa completamente extraña al venturoso sistema en que habitamos, como algo  de importación  que debería darnos un miedo espantoso. Como si los países mencionados no hubieran sido víctimas del mismo atropello neoliberal que ahora nos toca sufrir a nosotros, como si  sus gobiernos hubieran sido elegidos caprichosamente, no por el mayoritario deseo de detenerlo y revertirlo.
     A ver si la gente va a votar aterrada, a ver si se refugia en lo malo conocido sin osar ni el más pequeño paso hacia lo nuevo. La técnica falló en Grecia, pero se supone que aquí dejará las cosas más o menos como están.
     El propósito de ocultar lo que Podemos tiene de consecuencia –de respuesta al atropello sufrido– es una irresponsabilidad histórica. Por lo visto, aquí hay que dar por sentado que se puede desplumar a los españoles en beneficio de una minoría local y transnacional entre cánticos de alabanza y agradecimiento.
    Y  es  irresponsabilidad muy grave por otro motivo a todas luces innombrable: de seguir en las mismas,  nuestros gobernantes actuales y sus asociados obligarán a Podemos a radicalizarse quién sabe hasta qué extremos. Esto según las elementales lecciones de la historia. Si ya les parece, tal como es, tan radical y tan comunista, ya me contarán. Claro que me será dicho que ellos, tan sensatos,  nada han tenido que ver con tan previsible consecuencia por venir la radicalización en el lote o potencial de Podemos. Y responderé que fue de necios jugar con fuego o, mejor dicho, con el común de los mortales.
     En estos momentos,  Podemos emplea un discurso moderado, nada revolucionario, enfocado a encontrar un nuevo equilibrio, o lo que es lo mismo a  detener y revertir los usos neoliberales que amenazan con devolvernos a lo peor del  siglo XIX. Y claro que esto ya se considera horripilante, aunque sea una exigencia de lo más razonable tanto en términos de justicia como en términos de mera sostenibilidad del proyecto democrático europeo, hoy en crisis total.
     Desde dentro de Podemos habrá quien le pida a Pablo Iglesias que aproveche para darle la patada al capitalismo en cuanto tal, en vista de su incompatibilidad con el bien común (ya verificada hasta la náusea). Otros le pedirán, simplemente, moderación, conciencia de los propios límites y la claridad de ideas y la firmeza a las que renunciaron el PSOE y la  izquierda europea en aras de la vergonzosa acomodación que nos condujo a este berenjenal. Si los moderados se ven desairados, los radicales se cargarán de razón, si es que no la tienen ya.
      El curso de los acontecimientos no depende solo de la moderación de Podemos. Lo que haga el sistema es decisivo. Si le niega a Podemos el pan y la sal, si lo único que se le ocurre es enterrarlo en basura mediática, la cosa se pondrá fea de verdad tanto si se queda en la oposición como si llega al poder teniéndolo que compartir o como si se alzase con una de esas mayorías absolutas que tan mal le sientan al país. Acabaría radicalizándose por la misma fuerza de los hechos. Actualmente, Podemos no es un mal para nuestra democracia, sino una medicina, fuerte eso sí. Como lo es Syriza en Grecia y en Europa, que se juega su razón de ser en el envite.

lunes, 2 de marzo de 2015

EL PATÉTICO DEBATE SOBRE EL ESTADO DE LA NACIÓN

     El presidente Rajoy se superó a sí mismo como vocero de su propio  éxito, entendido como promesa de futuros y formidables logros.  Sus opositores consumieron sus respectivos turnos en denunciar  los aspectos negros de su gestión, anticipo de cosas peores con toda seguridad.
     El presidente y  sus oponentes han dado la curiosa impresión de referirse a países distintos. Puestas así las cosas, no hay nada que decirse. Él nos ve salvados de la crisis, ellos completamente hundidos. No hay coincidencia en el diagnóstico ni en las cifras ni en el tratamiento. No hay ni el menor asomo de un proyecto común. No puede haberlo.
   El presidente llegó al colmo de ordenarle a Sánchez, maleducadamente, que calle para siempre. Como  si le hubiese traicionado o poco menos al venirle con las mismas críticas que el resto de los partidos de la oposición de centro y de izquierda.
     Anécdotas aparte,  vemos enfrentados dos modelos de sociedad, el neoconservador-neoliberal (psicopático por definición), y el socialdemócrata en sus diversas versiones. O con uno o con el otro. Hay mucha gente de hábitos centristas, pero en medio solo un socavón.
    El presidente sigue terne en su devastadora  huida hacia delante. Confía en el poder de sugestión de las cifras macroeconómicas, un truco mil veces repetido desde los tiempos de Reagan y Thatcher. Desde los tiempos de Menem y  Fujimori. Los pueblos acaban hartos del engaño, como nos acaban de recordar los griegos, de pronto mayoritariamente insensibles a las zanahorias, las promesas y las amenazas.
    No es un dato menor que, según el CIS, el 60% de los encuestados haya reprobado las intervenciones de Rajoy. Su triunfalismo, sus promesas, sus elusiones, marrullerías, zanahorias y amenazas no le han servido de mucho. Pero da igual: de aquí a las elecciones  seremos martirizados por el mismo argumentario falaz. Y es que no tiene otro, como no lo tienen los poderes internos y externos que le respaldan. Se juega fuerte, a cara o cruz, de modo que tales poderes le arroparán. Ya le pedirán después, si es que sobrevive, que siga con las “reformas”.  
    No es cierto, por otra parte, que el  presidente desconozca el país por completo. Sabe de su miedo, por ejemplo. Al ver venir las urnas no ha dudado en lanzar por la borda el 99% de la propuesta antiabortista de Gallardón, una pasada neoconservadora que le podía costar muchos votos. Las tasas judiciales acaba de eliminarlas de un plumazo, por la misma razón.
     ¿Se le había pasado por alto el sufrimiento de los enfermos de hepatitis C? ¡Pues no! ¿Y la angustia de los endeudados? ¡Pues tampoco! De ahí que anuncie medidas de última hora.  Y seguramente, ya que estamos en la recta final, tomará otras  por el estilo, destinadas a los grandes titulares, insuficientes en la práctica.
    El mensaje:  dado lo bien que ha hecho las cosas, ahora justamente puede permitirse tales concesiones. Por mínimas que sean, de ellas se infiere que necesita más tiempo, ¡otra legislatura!  Nos vemos invitados a creer que él es el único que opera en el mundo real, a diferencia de sus rivales políticos… Eso sí, sin acordarnos, se supone, de los niños españoles hambrientos, ni de los ancianos en apuros, ni del frío, ni de ninguno de esos terribles datos que eludió a conciencia, y menos de cómo se ha desplumado a las clases no privilegiadas en beneficio de la elite por todos conocida.
     Este debate sobre el Estado de la Nación, tan mísero, nos ha mostrado su pavorosa soledad. Apareció totalmente desconectado del resto de nuestros representantes en el Congreso. Sólo le jalean los suyos, corresponsables de la galopada que de no ser parada en seco nos devolverá a lo peor del siglo XIX.

miércoles, 11 de febrero de 2015

PARA SALIR DE DUDAS

  Sólo hay que esperar un poco, unos días, menos de un mes. Me confieso con el alma en vilo. Tengo mis sospechas, pero a ver qué pasa.
    ¿En qué acabará la “negociación” entre Grecia y la Troika? ¿Habrá un debate inteligente entre las partes, o un simple dicktat? ¿Hay siquiera un margen para los juegos de prestidigitación? ¿Seguirá la Troika chantajeando y machacando a los griegos, indiferente a su sufrimiento, e incluso los castigará por la osadía de haber  depositado su confianza en Tsipras? ¿Se impondrá la ley de la jungla como hasta la fecha? Un poco de paciencia y lo sabremos. Si Grecia acaba humillada y económicamente peor de lo que estaba, no quedará otra que darnos por enterados de una vez por todas sobre lo que nos espera y sobre lo que ya se ha cocido sobre nuestro destino en la trastienda de esta Europa que me resulta irreconocible. Bien entendido que ya es el colmo haber llegado hasta aquí.
    Pero no sólo vienen días decisivos para Grecia. Tengo el alma en vilo por lo de Ucrania. Europa  y el mundo podrían estar en camino de un desastre de proporciones inauditas. Ahora mismo tienen lugar “negociaciones” a varias bandas, en ausencia de las Naciones Unidas y mientras en el este del país truena la artillería. De lo que se decida ahora depende, tengámoslo claro, nuestro porvenir.
    Dada la habituación de ciertas potencias a jugar con fuego por razones geoestratégicas y económicas, todas inconfesables, dada su peculiar habilidad para crear focos de horror y experimentar cínicamente con ellos, solo cabe esperar una desgracia. Pero, a ver qué se decide.
     Si todo siguiese igual  o peor sobre el terreno, será inevitable concluir que las negociaciones no fueron tales por haber planes ya perfectamente trazados y en fase de ejecución. Por momentos, lo confieso, me vuelve la sensación de incertidumbre, por no decir de miedo, que experimenté cuando era un muchacho a propósito de la crisis de los misiles soviéticos en Cuba, con el mismo contrapeso de “no puede ser”, con la misma tendencia a no pensar en ello y a distraerme con pequeñeces.

jueves, 5 de febrero de 2015

DE LOS USOS DEL TERROR

      El PP y el PSOE acaban de escenificar un pacto contra el terrorismo. Los atentados de París repercuten en nuestra legislación: nos topamos con un uso indebido e inquietante de ese criminal ataque a la redacción de la revista Charlie Hebdo.
     Con eufemismos, se cuela la cadena perpetua, en contradicción con nuestro texto constitucional de 1978. No es ni mucho menos algo que puedan hacer esos dos partidos por su cuenta y riesgo, sin debate formal, en plan artículo 135. Pero lo han hecho.
   En un primer análisis, el PP se empeña en ir de duro después de la excarcelación forzosa de determinados etarras. Y el PSOE, a pesar de sus reticencias,  se suma a la iniciativa, para no pecar de blando y darse aires de partido de gobierno. Ambos pretenden congraciarse con los sectores que menos comprenden los estándares de un sistema jurídico avanzado. Sorprende que esto ocurra en un país que no se permitió tal claudicación en plena escalada del terrorismo etarra. Y sorprende que pretendan hacernos creer que la cadena perpetua sirve para disuadir a los terroristas propiamente dichos.
   Ahora bien, un análisis en profundidad nos obliga a tener en cuenta que lo que hoy se lleva en el mundo es aprovechar los golpes del terrorismo para modificar reactivamente las leyes, como si fuera normal.  Un ejemplo elocuente: los atentados del 11-S contra las Torres Gemelas y el Pentágono sirvieron de pretexto para imponer a los norteamericanos la Patriot Act, un atropello contra sus libertades en nombre de la seguridad.
     De modo que es difícil sustraerse a la impresión de que este pacto podría tener un doble fondo. Es de temer que la escenificación obedezca a la intención de contar con nuevo instrumento de control e intimidación  para el caso de que las cosas vengan mal dadas para los firmantes. Hasta podría maliciarse un adelanto de alguna forma de coalición.
    El documento que firmaron, dirigido en principio contra el terrorismo internacional, especialmente el de corte yihadista, entra en pormenores que dan mucho que pensar. Los “desórdenes públicos”, por ejemplo, entran dentro de la calificación de actos de terrorismo. Resulta que de ahora en adelante cualquiera que consulte una página web yihadista o presuntamente yihadista ya se puede dar por terrorista, lo mismo que aquel que entorpezca la voluntad del Estado… Sospecho que hay que juntar el pacto y la “ley mordaza” para entrever la amarga realidad. Y solo en función de un acuerdo estratégico de fondo se puede entender que el PSOE no tenga la menor intención de contribuir a la derogación de esta. El establishment teme que la situación se le vaya de las manos, que la gente se subleve contra sus usos rapaces y va poniendo a punto un sistema de control e intimidación más propio de una dictadura que de una democracia.
      Añadiré que el pacto tal como nos ha sido presentado, como asunto de extrema urgencia, y a juzgar por algunos detalles de su contenido (con su acento en la necesidad de hacer frente a una supuesta pululación de terroristas a título individual), aporta una carga de paranoia de la que no cabe esperar nada bueno. En lugar de ayudar a la gente a mantener la cabeza fría, como se hizo en tiempos de la escalada etarra, ahora se echa leña al fuego.
     El cultivo de tal  paranoia es otro uso indebido del terrorismo. Se nos da a entender que el peligro nos acecha desde todos los rincones. Por este camino se llega al extremo aberrante de conducir a una alumna musulmana de  ocho años a la comisaría por no condenar como es debido el atentado contra Charlie Hebdo, esto es, supongo escandalizado, por enaltecimiento de terrorismo… 
    El maestro la denunció al director y el director a la policía. Y esto es realmente noticia (cuando todavía nos encontramos a la espera de importantes aclaraciones sobre el atentado de París, aclaraciones que probablemente se pospongan sine die, como si la lucha contra el terrorismo requiriese grandes dosis de secreto).
     La paranoia sirve para encubrir los problemas reales que afligen a la sociedad y al mundo, y simultáneamente para crear, paso a paso, un sistema de vigilancia absoluto, en nombre de la seguridad y en irreparable perjuicio de la libertad. Que tal cosa se haga al precio de poner a los musulmanes bajo una lupa irrespetuosa forma parte de la jugada. Se trata de que al ciudadano desconcertado se le suba a la cabeza el famoso “choque de civilizaciones”. La idea es que no se tome a pecho los problemas reales que le afligen.
    Dicho ciudadano puede calmar su paranoia con pactos como el que se acaba de suscribir: en teoría, la cosa no va con él. Y esta certeza tiene por consecuencia –ya es un clásico– dividir a la sociedad y embotar la sensibilidad moral ante el sufrimiento de quienes le resultan extraños y, por lo tanto, sospechosos, gentes cuyos derechos caen en picado.
    Bien está reafirmar que todos estamos contra el terrorismo. Pero tan satisfactoria unanimidad no nos autoriza, creo yo, a hacer dejación del deber de descifrar su mecanismo, requisito de su efectiva desactivación y la única vacuna conocida contra el peligro de ser manipulados tanto por los terroristas como por los creadores de opinión.
     El pacto ofrece un  amplio repertorio de medidas represivas, nada más, cuando todos sabemos que no bastan por sí mismas. En el caso concreto del terrorismo yihadista, no se logrará su desactivación si occidente persiste en su línea de conducta, si se niega a admitir su parte de responsabilidad,  un tema tabú según el discurso oficial, acostumbrado a llamar, con pésimas intenciones,  “justificaciones” a las “explicaciones”.

miércoles, 28 de enero de 2015

LA VICTORIA DE SYRIZA

    Alexis Tsipras ya es jefe de gobierno. ¡Menudo vuelco ha dado el panorama político griego en un abrir y cerrar de ojos! Se veía venir, claro, pero tanto miedo al cambio fue inyectado en los espíritus que entraban dudas de última hora. El miedo fue menor que el ansia de mandar al diablo a los responsables de la indefensión del pueblo griego. Llegados a cierto punto, se demuestra, la gente teme más lo conocido que lo nuevo y se acaban las bromas.
     Lo peor que le podría ocurrir a Grecia y a Europa es que Tsipras nos saliese rana, que pasase a la historia como un Obama, como un Venizelos, como  un Hollande, como un pequeño Rubalcaba. ¡Sabe Dios lo hartos que estamos de este tipo de fuleros! Tan bajo han puesto el listón que Tsipras, a poco que consiga poner coto a la barbarie neoliberal, a poco que consiga aliviar el sufrimiento de su pueblo, se ganará un lugar muy honorable en la historia de su país y en la de Europa.
    Que le Bestia neoliberal no le va a dar facilidades, esto ya lo sabemos. Si algo teme dicha Bestia son los contagios, y ahora andará debatiéndose entre castigar a los griegos, para que no cunda el ejemplo, o segarle la hierba bajo los pies a Tsipras de forma encubierta. Pero, claro, todo tiene un límite: recurrir a medidas excepcionales tendría por resultado destruir el sistema democrático griego y, de paso, el de Europa en su totalidad. Algo que, supongo, los peones de la Bestia se cuidarán de hacer, pues no se pasa impunemente de una democracia a una dictadura con todas sus letras, un callejón sin salida, una insostenible monstruosidad.
   Atento a la correlación de fuerzas, supongo que Tsipras hará de tripas corazón y se decantará por un comportamiento pragmático o posibilista. Sus enemigos exteriores e interiores verían con gusto que se metiese en juegos de todo o nada, que diese muestras de ser radical e intratable. No creo que caiga en ese error de principiante, aunque se lo demanden sus seguidores más impacientes.
    La mayor parte de sus votantes sabe, estoy seguro, que la tarea que tiene ante sí es inmensa, y le agradecerán que se mueva en las coordenadas de lo real-posible, acrecentando con ello la confianza en él depositada. A fin de cuentas, el pragmatismo y el posibilismo son de agradecer en un gobernante decidido a servir a su pueblo con las armas de la razón y de la justicia.
    Lo que no se perdona es el pragmatismo y el posibilismo como táctica al servicio de una minoría, como las presentes elecciones han venido a demostrar en el pellejo de los señores Samaras, Venizelos y Papandreu. Como táctica al servicio del bien común, como táctica al servicio del designio de someter la economía a los intereses comunes, el posibilismo y el pragmatismo tienen connotaciones positivas que la gente sabrá apreciar y comprender. Bien entendido que, a estas alturas, contando con el sufrimiento  y la amargura reinantes, la situación no está para paños calientes. Hay chantajes a los que Tsipras no puede ceder, so pena de perder lo ganado. Por el bien de Grecia y de Europa tendrá que dar más de un puñetazo sobre la mesa. Si se pasa de rosca como posibilista y pragmático, si hace el Hollande o el Venizelos, agotará la fe en las opciones sensatas, y la gente volverá los ojos a las insensatas, como siempre ha sucedido. Los señores de Bruselas y sus asociados bancarios harán bien en tenerlo en cuenta. ¡Más les vale no estrangular a Syriza!
    Tsipras cuenta con una ventaja no pequeña sobre sus oponentes: puede decir la verdad, puede explicarse. Ellos no, porque desde hace tiempo se entregaron a la mentira, por comodidad, por seguirle la corriente a los expertos en mercadotecnia, para mejor dejarse mimar por los hombres del dinero y, encima, por traerse entre manos un abyecto, asocial y psicopático proyecto de dominación del que nadie osaría hablar en público. Sobre la base de la verdad, Tsipras hasta podría pedir a sus compatriotas algún esfuerzo puntual, algo que por descontado que no se puede pedir a base de engaños, por estar todos escarmentados. 

viernes, 9 de enero de 2015

LA MASACRE DE “CHARLIE HEBDO”

     Los asesinos acaban de ser abatidos. Todavía no se sabe cuántos rehenes han caído como resultado de las operaciones encaminadas a su neutralización. Se ignora asimismo cuál es el estado de los numerosos heridos en el atentado contra “Charlie Hebdo”. Estamos bajo los efectos de una conmoción en la que solo resplandecen en positivo los sentimientos de solidaridad con las víctimas, con los queridos artistas segados por una venganza  atroz motivada por unas caricaturas de Mahoma, y con todas las personas, agentes del orden o meros transeúntes,  que han caído con ellos por pura fatalidad.
     Que los asesinos sean elevados a la categoría “mártires de la yihad” por sus afines extraeuropeos  nos revuelve las entrañas. Nos vemos de cara con lo extraño, en su versión peor. Se activan los reflejos defensivos, con la correspondiente paranoia.
    Una caja de zapatos provocó en Madrid el desalojo de la estación de Nuevos Ministerios y un colapso circulatorio. Falsa alarma. Se temen nuevos atentados.
     Se constata que por imponente que sea el aparato de seguridad del Estado, nuestras ciudades y nosotros mismos somos de buenas a primeras muy vulnerables a este tipo de acciones terroristas. Que se haya demostrado, en este caso como en otros, que sus perpetradores estén condenados a un final desgraciado parece no bastar para poner las cosas en su sitio. Las emociones se desbordan, en parte por el temor a una oleada de sinrazón criminal.
     Hasta se habla de restablecer la pena de muerte. La ira provocada por la masacre amenaza con descargar sobre los inmigrantes en general, sobre el Islam, sobre el multiculturalismo, más culpable que la miseria. Algunos descerebrados vienen con el cuento de que el famoso choque de civilizaciones es un hecho y que al menor descuido los “moros” llegarán a Toledo, y más lejos. De la vesánica excepción se pasa directamente a la generalización.
    Hay que mantener la cabeza fría. Por un lado, se impone una defensa cerrada de la libertad de expresión, acorde con nuestra espontánea solidaridad con los dibujantes de “Charlie Hebdo”. Por el otro, parece aconsejable cierta prudencia en su ejercicio en lo tocante a Mahoma. No por miedo, ni por ley, sino por mero sentido común, pues en estos momentos no es nada inteligente, ni humanitario, provocar a ciertos elementos de por sí sobrecalentados, hiriendo la sensibilidad de los moderados. ¿Simplemente para darse un gusto de género dudoso? No procede, creo.  Esto ya lo pensaba yo antes de esta masacre (lo que, por cierto, nunca ha reducido mi solidaridad con Salman Rushdie).
    Además, se impone la necesidad de impedir que lo ocurrido se convierta en un pretexto para recortar derechos y libertades en nombre de la seguridad. La tentación de repetir en Europa la escalada que llevó a la Patriot Act debe ser rechazada de plano, antes de que sea tarde.
     A lo que me permitiré añadir algo más. No se puede ir por la vida haciendo barbaridades, bombardeando países, creando monstruos bajo cuerda, torturando y humillando sin propósito decente conocido, y pretender luego dar lecciones de superioridad moral. Creo que la civilización occidental debe hacer un examen de conciencia serio (de lo que no la creo capaz, la verdad).
    La barbarie es muy contagiosa, y no le veo la gracia a jugar con fuego, cosa que se empeñan en hacer los aprendices de brujo de la geoestrategia, capaces de ignorar la relación entre sus usos sangrientos y las reacciones criminales y demenciales como la presente, un tema tabú por lo que parece. ¡Ojalá estuviésemos tan unidos contra nuestra barbarie occidental como lo estamos para honrar a las víctimas y lamentar lo sucedido!

lunes, 5 de enero de 2015

DOS MODELOS DE SOCIEDAD


     Nuestra democracia, joven a juzgar por sus años pero ya renqueante, se verá puesta a prueba durante 2015 y la verdad es que yo no me atrevería a poner la mano en el fuego por su calidad futura. A saber lo que puede pasar.
    La deriva de nuestro sistema político sugiere que hasta podría costar mantener las formas, por la gravedad del enfrentamiento de fondo. Nos debatimos entre dos modelos de sociedad que son manifiestamente incompatibles. Ya veremos cuál de los dos gana, y con qué consecuencias.
     Hay algo trágico en todo esto. En pocos años, los españoles hemos pasado de la esperanzada vivencia de compartir el mismo modelo a caer en la cuenta de que de que los modelos son dos: el de siempre, basado en la famosa Trinidad de Dahrendorf  (democracia, cohesión social, crecimiento económico), y el otro, basado en la ley del más fuerte, esto es, en el capitalismo salvaje. 
     Tiempos hubo en los cuales se pudo dar por sobreentendida la convergencia de la izquierda y la derecha en el proyecto común, quedando sus respectivas propensiones más o menos equilibradas, con efectos constructivos a corto y a largo plazo, dentro de una normalidad que este país había tardado mucho en disfrutar. En ello se basaban el consenso y el buen rollo.
     Esos tiempos han quedado atrás, no solo en la consideración de los intelectuales avisados o críticos sino en la de muchísima gente, crudamente afectada por la crisis económica y también y sobre todo por la gestión de la misma, que es donde la perversidad del nuevo modelo ha dado la cara.
     Los despistados, los bienpensantes de toda la vida y hasta los memos han caído en la cuenta de que este país se gobierna en función de los intereses de minorías cleptocráticas locales y transnacionales que ya ni siquiera se toman el trabajo de disimular. A lo más que llegan los portavoces autorizados del poder es a decir que ya hemos dejado la crisis atrás, esto en plan triunfalista, a la Menem o a la Fujimori.
    De aquí a las elecciones se hará un gran esfuerzo por ocultar el modelo de sociedad que orienta los pasos de la minoría cleptocrática, como si tal cosa fuera posible a estas alturas. La gente ya sabe que si se deja llevar por las mentiras, las zanahorias electoreras y las melopeas  macroeconómicas, se despertará en el siglo XIX, en una sociedad condenada a la desigualdad, el clasismo y la brutalidad.
   De modo que es harto probable que, a pesar del conservadurismo popular, el poder cleptocrático reciba su merecido en las urnas total o parcialmente. Como ese poder no ha dado puntada sin hilo (ley mordaza, liberalización espionaje telefónico, etc), como no es de buen perder, debemos estar preparados para vivir tiempos difíciles.
    Ese poder ha actuado de manera tan ruin que se merecería un Robespierre o un Lenin, pero está lejísimos de agradecer que se le plantee una alternativa democrática, a la que incluso se niega a reconocer como tal, y esto último es lo que más me preocupa. Es un mal augurio, un signo de estos tiempos.
     La verdad es que no quisiera verme en el pellejo de Pablo Iglesias, como tampoco en el de  Alexis Tsipras, pues en situación tan crítica tienen muy poco margen de maniobra. En cuanto huelan, aunque sea un poquito, a Hollande o al renegado Moscovici, adiós. 
      En suma, donde teníamos uno, resulta que tenemos dos modelos de sociedad, uno que orienta los pasos de quienes deseamos que la economía vuelva a ser puesta al servicio de las personas y los pueblos, y otro que pugna por echar abajo los últimos obstáculos que hay en el camino del capitalismo salvaje. Y en este esquema ni falta hace decir que no hay centro, ni tierra de nadie. Razonar en busca del virtuoso y aristotélico término medio no conduce a nada, salvo al dolor de cabeza y la depresión clínica.

viernes, 12 de diciembre de 2014

BOCHORNOSO, SEÑOR IGNACIO GONZÁLEZ

     Le plantea Tomás Gómez  a Ignacio González que, con independencia de intereses partidarios, tenga a bien asegurarse de que los comedores escolares permanezcan abiertos durante las vacaciones navideñas, en vista de que 60.000 niños madrileños se pueden quedar sin su única comida caliente.
    Y ya sale al quite el señor presidente Ignacio González, reprochándole no sé qué cosa interna de los socialistas y del propio Gómez. Niega el problema del hambre, por todos conocido, ya tabulado por Cáritas. Y encima, se nos explaya diciendo que aquí el problema no es el hambre sino la obesidad infantil.
    En resumen, el señor presidente no quiere saber nada de la humanitaria propuesta, lo que entra en su guión neoliberal, sin que nos sea dado saber si es tonto o malvado o las dos cosas a la vez.
      Con el agravante de que, creyéndose muy listo, ha dejado constancia de su falta de preparación para el cargo que ostenta. Y no me refiero a su inhumanidad, que me asquea, suficiente para que se reclame su dimisión, sino al hecho de que ignora que precisamente la mala alimentación es una de las culpables de la obesidad de la gente menuda, siendo precisamente la parte más desfavorecida la sufre las peores consecuencias de las diversas formas de comida basura. La comida sana es un lujo que muchas familias no se pueden permitir. Por lo visto el presidente ignora este dato elemental,  o no habría tenido la ocurrencia de incurrir en su sofistica, maleducada e inhumana contestación.

jueves, 11 de diciembre de 2014

LA “LEY MORDAZA” DEL PP


      La “Ley Mordaza” sale adelante. No es que en este país la normativa sobre seguridad ciudadana fuese una broma, es que ahora el poder establecido, tras las innumerables protestas que han tenido lugar, ha considerado necesario dotarse de nuevos recursos represivos.
    Nos encontramos ante una regresión, pues la nueva ley trae a la memoria la Ley de Orden Público de 1959 y  deja ver una actitud dictatorial frente al ciudadano, completamente indigna de un sistema democrático.  El ciudadano, en efecto, se ve expuesto a sufrir una represión directa sobre su persona y sobre su bolsillo, según unos principios de arbitrariedad que hielan la sangre. 
     Se trata de legalizar las devoluciones en caliente, de  mantener a raya a los gamberros, a los vendedores ambulantes y a los que hurgan en la basura, pero, sobre todo, de amedrentar al ciudadano disidente, entendiendo por tal no solo al que es capaz de quemar un contenedor o liarse a pedradas con la autoridad, de suyo siempre fuera de la ley, sino al disidente pacífico, el verdadero protagonista de las manifestaciones de protesta y huelgas habidas hasta la fecha. Habrá a disposición del poder  un tétrico surtido de multas (tremebundas) y de penas de cárcel (desproporcionadas), y encima se podrán dar palos a discreción in situ.
      Esto quiere decir que el poder, que ya ha liberalizado el espionaje de las comunicaciones, se prepara para hacer frente a tiempos difíciles. No habiendo propósito de enmienda en orden al gran proyecto de seguir desplumándonos en beneficio de una minoría, nada tiene de sorprendente que se incurra en esta regresión. Que lo que esa minoría se trae entre manos nunca fue posible por las buenas lo sabemos desde las jefaturas del neolítico. Allí donde la riqueza no se distribuye, allí donde se actúa en beneficio de una camarilla, la violencia y la arbitrariedad desde arriba se han impuesto indefectiblemente, con horribles resultados.
     La nueva ley de seguridad ciudadana viene a revelarnos con la mayor crudeza hacia dónde vamos y, de paso, la ausencia de un proyecto constructivo y la mala conciencia de nuestros gobernantes. Se da la circunstancia de que en este país la gente ha demostrado ser, cívicamente hablando, muy superior a ellos, como han acreditado las protestas, las mareas y las marchas de la dignidad, así como el hecho incontestable de que, a pesar de la rabia y la frustración acumuladas, no se hayan oído aquí las llamadas a la acción violenta que nunca suelen faltar en situaciones de flagrante injusticia como la que estamos viviendo (recuérdese, por favor, que la Declaración Universal de los Derechos Humanos da por sentado que de la injusticia puede derivarse una rebelión violenta y legítima). El país, muy resabiado, desea que las cosas se hagan de manera razonable y pacífica. De modo que no se merece el desprecio que comporta la nueva ley, plagada de segundas intenciones. 

martes, 9 de diciembre de 2014

LA PROSTITUCIÓN DEL ESTADO DE BIENESTAR


     Desde hace  tres décadas los predicadores neoliberales se han dedicado a denostar al Estado en cuanto tal. Incluso, hablaron de reducirlo hasta el punto de que fuera posible “ahogarlo en una bañera”, siempre en nombre de la “libertad económica”.
     De más está decir que, en realidad, nunca se les pasó por la cabeza liquidar el Estado. Se trataba de conquistarlo y de reducirlo simple maquinaria de extorsión y dominación al servicio de los peces gordos, lo que, por otra parte, siempre formó parte de su esencia.
   El grueso de la artillería neoliberal cayó sobre el Estado de Bienestar o Estado de Servicios. Este fue tildado de Estado-Niñera, de vampiro burocrático y antieconómico, de  fábrica de holgazanes. De su historia y su razón de ser, ni una palabra. Se ha predicado el bulo de que fue un invento de tiempos de vacas gordas, una forma de enterrar en el olvido que en Gran Bretaña se puso en pie en tiempos de vacas muy flacas (como en España). Ni siquiera es casual que no se hable de “Estado de Servicios”, por ser de mayor efecto hablar de “Estado de Bienestar”; en tiempos malos bienestar suena a país de Jauja, a cosa insostenible que pide a gritos unas tijeras o un hacha.
    Siempre se pasa por alto que entre los beneficiarios del viejo  Estado de Servicios debemos contar no solo al los trabajadores y los pobres.  También fue de gran ayuda para los empresarios y banqueros, en condiciones de operar sin tener que hacerse cargo de todos los gastos de sus trabajadores y directivos, familias incluidas. Hechos los cálculos, los empresarios y los banqueros de ayer comprendieron que salían ganando si contribuían al desarrollo del Estado de Servicios en el plano económico y, lo que era vital, en el plano social, no fuera una revolución a estallarles en la cara.
    A mediados de los años setenta del pasado siglo, los peces gordos se hartaron del invento. Ya no querían pagar su parte. El proyecto de ir mejorando el Estado de Servicios como parte del progreso fue arrojado a la papelera de la historia. Por un lado, porque ya no era tan fácil hacer negocios facilones a gran escala (shock del petróleo, competencia de países libres de grandes gastos militares como Alemania y Japón);  por otro lado,  porque los tiburones se habían llevado una sorpresa muy desagradable para ellos. Los progresos realizados en el plano de la cohesión social por medio del Estado de Servicios,  no tenían por resultado, como ellos habían esperado, unas  sociedades conformistas.
     En efecto, los tiburones se toparon con la evidencia de que los pueblos relativamente bien educados y bien servidos y atendidos querían más y no menos, como querían más libertad. De modo que había que meterlos en cintura por las malas, provocando un regreso forzoso al encuadre hobbesiano, ricardiano, maltusiano y espenceriano. En cuanto se vio que la Unión Soviética se venía abajo, cuando esos caballeros ya no le vieron ninguna utilidad a tener “en libertad” las mejores escuelas y hospitales, los mejores servicios públicos, dieron el carpetazo a lo social sin el menor escrúpulo. Sin miedo a las consecuencias (los tiburones no son historiadores, ni sociólogos ni estadistas). Y en ello estamos, ya avanzado el proceso, conducente a la restauración de una desigualdad lacerante, digna de épocas que creíamos felizmente superadas.
    Ya pisoteado el contrato social, rotos todos los frenos morales, estos caballeros remataron la jugada: ahora el Estado está a su servicio. Del Estado de Bienestar de pasados tiempos hemos pasado al Estado de Servicios para los Grandes Banqueros, Especuladores y Empresarios. Si sumamos las subvenciones, terrenitos,  facilidades, bonificaciones, descuentos,  si sumamos las aportaciones de los ciudadanos a estos vampiros por medio del Estado, descubriremos que lo que era una niñera se ha convertido en una vaca. Los pobres y la clase media se quedan con un poquito, a modo de consolación,  y los peces gordos se llevan la parte del león.  Hoy los tiburones arramblan con el grueso del “dinero social” disponible, sudado por la gente hasta la última gota, y encima con el dinero todavía virtual que esta pobre gente y sus hijos y nietos ganarán el  futuro… Como el nuevo Estado pertenece a los tiburones, dado que la iniciativa les ha sido gentilmente cedida, nada tiene de extraño que se construyan aeropuertos sin aviones o que hayan saqueado Bankia. Lamento dejar constancia de que nos escandalizamos ante lo que en este fase histórica es absolutamente normal.
     Por no hablar de las formidables ayuditas que recibía la duquesa de Alba, tómese como referencia la chapuza de Castor. Ahora resulta que durante los próximos treinta años los consumidores de gas tendrán que pagar casi cinco mil millones de euros, temblando de frío si es preciso. Los genios del fracasado negocio se van de rositas, con los bolsillos llenos. Resulta que el Estado no puede hacer nada frente al drama humano de los desahucios, nada por los niños españoles hambrientos, nada por lo que se mueren de frío, pero sí por los locos de Castor.
    Si unos banqueros hacen locuras, adelante, las pagaremos entre todos, exprimidos por el Estado, al que en realidad nadie pensó en ahogar en una bañera. Ya se encargan los tiburones neoliberales de mantenerlo a pleno rendimiento, como ente socialmente irresponsable pero necesario para ejecutar su política de tierra quemada, necesario como avalista, como garante de los contratos leoninos, como simpático donante, como encubridor de absurdos, como cobrador de impuestos al honrado trabajador y como brazo armado. Si al Estado de Servicios de ayer se le acusó de ser una antieconómica fábrica de holgazanes, al nuevo, al servicio de los tiburones, se me permitirá que lo defina como fábrica de dementes, chapuceros y malvados, incalculablemente más caros y dañinos para el conjunto de la sociedad.
      Las diatribas neoliberales contra el Estado, envueltas en promesas de gran prosperidad, surtieron efecto, como es sabido. Se dijo que las empresas públicas no podían funcionar satisfactoriamente por “carecer de dueño” [sic!]. Ola de privatizaciones, todas trileras,  Iberia, Repsol y Telefónica, etc. Ya va quedando poco. Ahora les toca el turno a los ferrocarriles, a AENA, al agua, en el mismo plan. Y como queda poco, ya no se habla de liquidar el Estado de Servicios: a la chita callando se procede a privatizarlo por partes.  
     Desde las cárceles hasta el registro civil, desde los hospitales a las universidades y los paradores de turismo, hay de todo, muy atractivo para tiburones de todos los tamaños, locales o extranjeros, con nombre propio o con nombres misteriosos inventados para la ocasión. Así aparece una constructora en la recogida de basuras de Toledo. No es extraño que los trabajadores de los servicios privatizados tengan salarios bajísimos y un porvenir incierto. De sus patronos solo cabe esperar que presten atención a los beneficios, que suban los precios, que bajen los salarios, que se quiten de encima todos los compromisos molestos y que aprovechen las ayuditas de la administración con ellos compinchada. El resultado es la prostitución del Estado de Bienestar, un negocio seguro.
    No hace falta ser un genio para saber que esa prostitución irá a más, sin dar nunca la cara como lo que tiene de robo y de atentado masivo contra el bien común. Su irreversibilidad será claramente establecida en el todavía secreto Acuerdo de Libre Comercio e Inversiones EEUU/UE.  No es un problema exclusivamente español. ¿Qué hace Goldman Sachs invirtiendo en el principal presidio de Nueva York? Ahora los genios del emprendimiento son todos iguales. ¿Problemas en África? Ya se luce el señor Gates con su fundación caritativa, y de paso les impone a sus ayudados las bondades de Monsanto. Es el paso siguiente. En lugar de justicia, caridad, pero no la que antaño obedecía al temor de Dios o al buen corazón, sino otra caridad, de increíble retorcimiento y bajeza.

    

miércoles, 3 de diciembre de 2014

GLOBALIZACIÓN Y DESNACIONALIZACIÓN

     En 1947 Harry Truman declaró que el sistema capitalista norteamericano solo podría mantenerse en el tiempo y evitar las repeticiones del  crack de 29 si se hacía mundial; era prioritario, dijo, poner coto a los impulsos nacionalistas, un obstáculo para ese plan y, por lo tanto, “una amenaza para la paz” (la amenaza era, en realidad, la suya). Lo que llamamos “globalización” viene de más atrás, del siglo XIX, pero las palabras de Truman fueron su consagración como proyecto a largo plazo de la potencia hegemónica.
     Dicho y hecho. Estados Unidos aplastó todos los brotes de nacionalismo económico, todos los intentos de anteponer los intereses de los pueblos a los intereses transnacionales. Recuérdese de qué manera fueron derribados el guatemalteco Arbenz, el iraní Mossadeg, el indonesio Sukarno y el brasileño Goulart. Recuérdese el asesinato de Lumumba. El argentino Illia fue depuesto por los militares en cuanto se vio su intención de poner límites a los empresarios del petróleo. Estas cosas ocurrían en el Tercer Mundo, lejos de la conciencia del Primero, durante los “fabulosos años” que siguieron al fin de la guerra mundial. La destrucción de Salvador Allende data del fin de ese período (1973). Luego vendrían los “accidentes” de aviación de  Jaime Roldós y Omar Torrijos. Horrores lejanos desde la óptica de las clases bienpensantes. Pero ya le llegaría la hora a Europa. El democristiano Aldo Moro  fue asesinado antes de que pudiese hacer efectivo un entendimiento con los comunistas. La caída de Gorbachov y su sustitución por Yeltsin, peón del neoliberalismo, estaba cantada.
     En definitiva, los líderes que intentaron anteponer los intereses de sus respectivos pueblos a los intereses de la potencia hegemónica y de las élites locales a ella asociadas  siempre acabaron mal. En cambio, los peones favorables gozaron de apoyo mediático, económico y militar sin límites, incluso cuando recurrieron al terrorismo de Estado puro y duro (Suharto, Pinochet, etc.). Por ser poco condescendientes con los intereses de la potencia hegemónica, Milosevic, Sadam Hussein y Gadaffi  fueron  objeto, ellos y sus pueblos, de “bombardeos humanitarios”, ya sabemos con qué resultados. Todo ello según el mismo guión.
     Lo de ahora es una continuación, a lo grande, sin rebozo ni máscara.  Pero sospecho que Truman se quedaría perplejo ante el curso de los acontecimientos. Él hablaba de Estados Unidos en primera persona, y no creo que imaginase que la desnacionalización que imponía a los demás como plato único llegaría a imponerse, neoliberalismo mediante y a la chita callando, a su propio país, donde ya hay gente que no se puede pagar ni el agua.
    Todavía vemos a Estados Unidos como gran protagonista de la historia, sin advertir que sus verdaderos protagonistas desprecian los intereses del pueblo norteamericano. Este pueblo es uno más entre los pueblos caídos en las manos de las empresas transnacionales, los especuladores y los banqueros. Ya decía Marx que el dinero no tiene nacionalidad. Los norteamericanos de a pie lo están experimentado en sus propias carnes.
    Cualquiera que se devane los sesos con la política exterior norteamericana de las últimas décadas se ve en la necesidad de reconocer que no hay manera de entenderla si se prescinde de esas fuerzas privadas, desprovistas del menor compromiso social. Si el complejo militar industrial científico quiere guerra, habrá guerra, a crédito, a costa de las buenas gentes. La comida de los soldados y la limpieza de las letrinas se privatizan, como las cárceles. ¡Adelante con los faroles! Si unos banqueros sin escrúpulos han vendido basura, se los rescata y luego se les confían los resortes económicos del país.
     Truman podía pensar que su agenda serviría a los intereses del pueblo norteamericano,  receptor de la riqueza planetaria, pero los hechos han demostrado su error de cálculo. La clase media norteamericana, la gran obra de ingeniería social de los años de la posguerra, ya ha sido destruida. Los salarios han caído, la desigualdad se ha disparado, el Estado federal ha sido esclavizado por unos mafiosos.
    Ahora les ha toca morder el polvo a los diversos nacionalismos europeos, cuyas elites están entregadas al servicio de esas fuerzas transnacionales.
     Nadie habría imaginado que tras “el milagro alemán” millones de alemanes fuesen a caer en la precariedad, como así ha ocurrido ante nuestros ojos a cámara lenta pero en pocos años. De los británicos ya se ocuparon la señora Thatcher y el señor Blair. La  Unión Europea es a estas alturas un engendro de ocupación al servicio de la élite transnacional. En España, la democracia, tardíamente conseguida, pasará a la historia como una concesión política para ocultar la mano de una desnacionalización sin precedentes, digna de un país tercermundista de los más tirados.
   En el mundo resultante ni los norteamericanos ni los europeos, sean alemanes, italianos, griegos, franceses o españoles, valen en cuanto tales para sus gobernantes, salvo como sujetos de masiva explotación o de maltusiana  exclusión. Al mismo tiempo, toda la artillería mediática bate con furia contra la sola idea de nacionalismo, para lo cual se echa mano de los malos recuerdos de las viejas guerras patrióticas, con tal estruendo que no deja oír la menor crítica contra esta manera de entender la globalización, publicitada cínicamente como una protección contra tales guerras, ya que no contra las que ahora se libran por el petróleo y los intereses privados.
    Si no pasas por el aro, te reventaremos; si pasas con una sonrisa y trabajas "en la dirección del capitalismo salvaje”, te untaremos. Así se acabó simultáneamente con la socialdemocracia y su variante democristiana, así se redujo a los sindicatos a una caricatura de sí mismos, así se redujo a marionetas a varias generaciones de políticos y de jefes de Estado. Y vamos, no se le podía pedir al señor Felipe González que fuese de la madera de Palme o de Allende..., tampoco a Venizelos u Hollande.
    Ni se te ocurra sacar a relucir los principios internacionalistas de la Ilustración ni la Declaración Universal de los Derechos Humanos, indispensables para una globalización digna de tal nombre, incompatibles con esta forma de rapiña. Se pide de ti que celebres la desigualdad, que revuelvas el caldero de lo particular, de lo étnico, de lo religioso; se pide de ti que repitas  los mantras neoliberales, vengan o no a cuento, se te pide que sacrifiques todos los valores humanitarios en el altar del dinero apátrida.
    Aquí el problema no es si los españoles o los griegos van a soportar más recortes, todos ellos de intenciones pésimas. ¿Los va a soportar la humanidad? Esta es la gran pregunta, seguida de la pregunta acerca de qué son capaces de hacer con la pobre humanidad los que nos han conducido este callejón sin salida. A juzgar por estos, la civilización está acabada, putrefacta. A juzgar por las buenas gentes, no. 

jueves, 27 de noviembre de 2014

PODEMOS, LA IZQUIERDA Y LA DERECHA

A Cayo Lara le desagrada que Podemos haga gala de ambigüedad en lo tocante a su posición en el espectro político. Pablo Iglesias ha dicho que su ADN personal es de izquierdas, pero  no lo hace extensivo a Podemos. El nuevo partido pretende trascender la dialéctica/izquierda derecha, un enfoque trasnochado según nos cuentan. Hay al respecto una diferencia significativa entre IU y Podemos.
    Entiendo el recelo de Cayo Lara, y lo comparto. Norberto Bobbio decía, a mi juicio con razón, que un partido no puede ser a la vez de izquierdas y de derechas. Creo que en algún punto de su trayectoria Podemos se topará con esta evidencia insoslayable, en forma de crisis interna o de ataque exterior.
    A mí no me gusta esta ambigüedad. Por razones teóricas y pedagógicas, pero también por los malos recuerdos que me vienen a la cabeza cuando alguien me  suelta “no es de izquierdas ni de derechas”, por ser precisamente esta la fórmula de Hitler, de Franco y de José Antonio  Primo de Rivera. 
     Con motivo del 15-M fui sorprendido por algunos jóvenes que no se sentían ni de derechas ni de izquierdas, nunca supe si por devociones posmodernas, por haberse tomado en serio lo del fin de la historia, o simplemente por tener asociada la izquierda al PSOE y la derecha al PP. En fin, me dije, da igual que el 15-M no se sitúe formalmente en la izquierda como movimiento de indignación, como expresión multitudinaria de una voluntad de cambio, expresión en la que caben las más distintas sensibilidades; además, no todos mis interlocutores andaban en las mismas. Pero el problema me lo platea Podemos como partido llamado a ocupar un sitio en el espacio político.
     Detrás del lema “ni de izquierdas ni de derechas” siempre se agazapa, a juzgar por la experiencia, una oscura voluntad de hacerse con la hegemonía, una voluntad incompatible con una sociedad abierta y con un sistema de partidos variado y funcional. Es el lema que conduce a los sistemas de partido único. Con estas cosas no se juega, y más vale que Podemos se ande con cuidado, para no desbocarse y también para ejercer la función pedagógica que corresponde a la alta responsabilidad que va camino de asumir.
      Claro que no es mi propósito prejuzgar a Podemos, todavía en fase de construcción. Sería injusto atribuirle las culpas de otros o embutirlo por anticipado en un esquema, como hacen sus enemigos. Además, reconocidas las preocupaciones precedentes, no dejo de dar vueltas al fenómeno, topándome con elementos de juicio que  no se pueden pasar por alto en estos momentos de emergencia. Como observador estoy obligado a contemplar el cuadro desde todos los ángulos.
     Por ejemplo, la ambigüedad que irrita a Cayo Lara y a mí tiene todas las trazas de obedecer a una toma de conciencia por parte de los dirigentes de Podemos en lo que se refiere a su electorado seguro y a su electorado potencial. Estaríamos ante un simple reajuste del lenguaje en función de los hábitos imperantes en esos segmentos, es decir, ante un caso de pragmatismo o de demagogia, según el observador, siendo obvio por lo demás que solo tendría derecho a protestar el no demagogo (espécimen desconocido en el juego político actual).
     Los sinsabores electorales de IU parecen haber sido tomados como lección. Y el resultado es espectacular. 
    Sería absurdo pedirle a Podemos que actúe en función de un repertorio ideológico cerrado y coherente, pues es de sobra sabido que quien lo haga se quedará, urnas mediante, en un rincón. Como es sabido también que,  para ganar unas elecciones, hay que conquistar a los votantes del centro, esos votantes que siempre se le han resistido a IU, los que “deciden” según los técnicos en la materia.  
   Todo indica que los dirigentes de Podemos aspiran a que sea lo que se entiende por un partido “atrápalo todo” (al precio de fastidiar a los puristas).  ¿Tiene sentido reprochárselo? ¡Los dos partidos del turno con los que debe competir funcionan en ese registro y no serán vencidos por quien se abstenga de incurrir en esa estratagema tan vulgar como eficaz! ¿Acaso podríamos exigirles a unos estudiosos de la política que prescindan de su saber en aras de una pureza suicida? 
    Mucha gente que no se siente representada por la derecha no se atreve a declararse de izquierdas por razones históricas, siendo de lo más práctico prescindir de la etiqueta y dejar en segundo plano a los componentes de Izquierda Anticapitalista, obviamente inhabilitados para la conquista del centro. Como es práctico insistir en que aquí se enfrenta el pueblo contra la casta. Así planteadas las cosas, se pueden dejar en el armario los fantasmas evocados por la lucha de clases, sin incurrir en demagogia alguna porque no se engatusa a nadie. El enfrentamiento entre pueblo y casta extractiva es real, no un invento de ocasión.
     Por lo demás, hay que tener en cuenta la pesada inercia histórica: de alguna manera este país sigue dividido en dos por la línea de separación marcada por la Guerra Civil. Y podría ocurrir que la ambigüedad de Podemos sirviese para desactivar los reflejos condicionados a la hora de votar. ¿Una listeza de Podemos, o una señal de que el tiempo no ha transcurrido en vano? Depende del punto de vista. 
     Es comprensible, por ejemplo, que los europarlamentarios de Izquierda Unida hayan abandonado el hemiciclo en protesta por la presencia del Papa en un espacio formalmente laico, pero también lo es que Pablo Iglesias se haya quedado  y le haya aplaudido, celebrando su contundente declaración a favor de la justicia social. No veo en ello una listeza, ni tampoco una contradicción, sino una sensibilidad diferente, menos traumatizada por la acción eclesiástica directa, y bastante más recomendable que la rigidez habitual si de lo que se trata es de ganar elecciones y de sumar fuerzas contra la Bestia neoliberal, el enemigo común.

lunes, 24 de noviembre de 2014

TIEMPO DE CONSECUENCIAS

     No veo la historia con los ojos del determinismo pero entiendo muy bien lo que quería decir Churchill cuando explicó a los británicos que se encontraban en el “tiempo de las consecuencias” (1939), y creo, además, que estamos precisamente ahora en una de tales fases, en España y en Europa.
    Si uno contempla el “problema catalán”  acaba metido en lamentaciones sobre lo que se hizo y no se hizo al respecto, a la espera de la evolución de los acontecimientos, de racionalidad menguante. Lo mismo sucede cuando oye hablar de la necesidad de acabar con “el régimen de 1978”.  Se queda uno a verlas venir, con la sensación de que nunca deberíamos haber llegado a este extremo, de curso imprevisible. Pero es tiempo de consecuencias y  ya no valen las lamentaciones.
    Resulta que hay varias generaciones de demócratas españoles  que sienten asco ante lo sucedido en  el marco constitucional de 1978 y que  ya no hay posibilidad de defenderlo con los argumentos de siempre, cuyo poder de convicción se ha disipado.
     Otro tanto ocurre con respecto a Europa. El europeísta de ayer se queda sin palabras. No es que Europa nos falle, es que ya falló, metida en un proyecto contra sus habitantes que viene de lejos. Lo que sigue es el Acuerdo de Libre Comercio e Inversiones EEUU/UE, cuya botadura, lo veo venir, coincidirá, oh casualidad, con el fin del austericidio (para mejor imponer la  falsa impresión de que ese tratado es el gran remedio a todos nuestros males). Los secuestradores de la vieja Europa y han demostrado cierta maestría en la administración de palos y pequeñas zanahorias, por no hablar de su adicción al terrorismo económico.
     La crisis provocada por unos tiburones que especulaban con más basura que ladrillos ha sido aprovechada para laminar el Estado de Servicios y convertirlo en coto de caza de inversores para nada comprometidos con sus fines originales. Ya se dio marcha atrás a los derechos del trabajador, se benefició a las empresas transnacionales, a los banqueros y los especuladores. Expolio y destrucción de la clase media, inaudita prostitución de la soberanía nacional y, en definitiva,  un sostenido avance hacia una sociedad clasista decimonónica (peor, por tratarse de una regresión traumática).
     En este inmundo negocio compadrean los populares y los socialistas europeos desde hace años, tantos años que ha llegado a ser una consecuencia necesaria el surgimiento de un movimiento generalizado de oposición, un movimiento bifronte, en el que encontramos, por el lado izquierdo, a Syriza y Podemos, y por el lado derecho, al Frente Nacional de la señora Le Pen, por poner solo tres ejemplos de fuerzas opuestas que aspiran a representar a las víctimas del atropello. La farsa europea no podrá continuar impunemente.
    Es tiempo de consecuencias, pues. La confrontación promete ser durísima. Ya me parecía raro que Europa se fuese a dejar desplumar como los países tercermundistas que ya han padecido tan horrible tratamiento. Al final, aunque tarde, cuando grandes masas humanas han tomado conciencia de lo que está pasando, se ha producido una reacción que hará historia.
    Como la escalada neoliberal pretende continuar como si nada pasase, como ya sabemos que no se atiene a principios morales, el movimiento de oposición a sus fines no tiene vuelta atrás e irá necesariamente en aumento. Se masca, pues, un cambio de época, con muy pocas posibilidades de regresar a los consensos originales.  Lo dicho, es tiempo de consecuencias, con las consiguientes pruebas de fuego para la democracia española y europea.