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viernes, 24 de junio de 2016

LAS TRES FUNCIONES DE UNIDOS PODEMOS

     Mi post anterior ha merecido un comentario valioso, en el que  toma cuerpo el muy llamativo malestar que Unidos Podemos suscita en personas  ilustradas y desprovistas de resortes reaccionarios.
     Se comprende que Unidos Podemos irrite a la clase bienpensante, a sus oponentes directos, a la derecha, a los intelectuales orgánicos del sistema, pero este malestar al que ahora me refiero  se presenta bajo supuestos muy distintos. Yo mismo lo padezco, a veces en forma de síndrome alérgico. Las llamadas de atención y malignidades que figuran en el comentario de mi amigo Juan Ignacio no me son ajenas. Yo también estoy preocupado por el curso de los acontecimientos.
     Me gustaría estar entusiasmado con Unidos Podemos y no lo estoy. Lo que se explica así,  en plan sincero: no soy persona proclive al entusiasmo político (en grado de defecto, no de virtud) y, por otra parte,  se me atraganta el lenguaje posmoderno, lo de arriba, abajo, la transversalidad, la centralidad y demás; se me atraganta el tufo a Laclau y, sobre todo, el dicho de que la dialéctica izquierda/derecha ha sido superada, cosa que no creo y que considero insana desde el punto de vista democrático (no veo funcionalidad posible si se niega el espacio del otro al tiempo que se reniega del propio). Se me atraganta la manía de descalificar la Transición, como también el reiterado propósito de ir a un período constituyente (del que podría salir una Constitución peor que la de 1978).
     Ahora bien, he aquí lo más interesante: tales atragantamientos no me precipitan en los brazos de las fuerzas que se oponen a Unidos Podemos. Y esto porque considero a estas fuerzas  responsables de la desdichada situación en que nos vemos inmersos –responsables aquí y en Europa– y porque, además, las veo necesitadas de una oposición clara y distinta. Sin ese obstáculo llamado Podemos, tanto el PP como el PSOE habrían ido ya bastante más lejos por el camino neoliberal que tienen marcado. Sonará raro, pero creo que, de no mediar Unidos Podemos, perderían la razón.
     Yo puedo poner tales o cuales pegas, encontrar pelos en la sopa, padecer alergias y hasta paranoias, pero no puedo ignorar las trascendentales funciones de esta nueva formación. Aparte de poner límites a las fuerzas hasta ayer mismo hegemónicas, Unidos Podemos desempeña otras dos funciones: la de representar a las víctimas de las políticas de tales fuerzas y la de ofrecer una oposición seria a la barbarie neoliberal.  
      Habrá quien crea que no hay tal barbarie, que estamos en estupendas manos, pero me será permitido que yo agradezca que Unidos Podemos se haya hecho con algunos medios para hacer algo al respecto. El neoliberalismo necesita topar con un límite, o nos destruirá a nosotros y al entero planeta, y no se puede tener a tantas víctimas fuera del sistema político sin perder hasta la última miajita de legitimidad, algo que ninguna sociedad sensata se puede permitir.
    Se puede uno poner de los nervios ante la evidencia de que Unidos Podemos se presenta como socialdemócrata mientras tiene en la trastienda corrientes comunistas y anticapitalistas. ¿Pura confusión? ¿Una tenebrosa duplicidad? Hay opiniones para todos los gustos. Yo creo que Unidos Podemos es en las actuales circunstancias una fuerza socialdemócrata, como dice Pablo Iglesias. En el encuadre cultural e histórico en que nos movemos, es de rigor, el término medio virtuoso que ni siquiera ha sido necesario inventar, el encuadre en el que converge el grueso de la izquierda.
     Con la particularidad de que, justo  por tener en la trastienda dichas corrientes anticapitalistas, no precisamente estúpidas, a Unidos Podemos no le queda otra que ser socialdemócrata de verdad. O no podría  mantenerse sobre sus pies, ni tampoco cumplir ninguna de las  funciones que le atribuyo. ¿Podría cumplirlas desde la marginalidad? No. ¿Y desde la simple acomodación al modo característico del PSOE? Pues tampoco. Y por cierto que esa pluralidad de fondo no es necesariamente mala. La pluralidad es prácticamente el único antídoto que se conoce contra el dogmatismo y la autocomplacencia. Nos hemos acostumbrado a que los partidos se produzcan como un solo hombre, pero no le veo ni la gracia ni la utilidad. (He vuelto a leer el comentario de Juan Ignacio y constato solo le he respondido a medias.) 

lunes, 3 de agosto de 2015

RESPUESTA A UN LECTOR

    Un lector me reprocha mi “radicalización”. De mi afirmación de que a raíz del caso griego me he visto obligado a dejar en suspenso mi filiación socialdemócrata, deduce que me he vuelto comunista al antiguo modo (no privándose de recordarme los horrores de Stalin y de Pol Pot, a ver si me echo atrás). ¿Y si lo veo todo negro para mejor  engolfarme en las profecías de Marx sobre el final del capitalismo? ¿Y si soy un intelectual pesimista, imposible de contentar?
    Este lector tiene razón en lo de mi radicalización. El caso griego, tan trágico, sobrevenido tras años de cultivar yo la esperanza de que las altas autoridades económicas entraran en razón, ha tenido el efecto de una revelación: la socialdemocracia no funciona ni funcionará en este contexto; es impotente por inadecuación al medio y no por la miseria moral e intelectual de sus capitostes actuales, como yo quería creer, como si esta bastase para explicar su fracaso.
     Me  harté de soslayar lo obvio: la socialdemocracia no nació para hacer frente al capitalismo salvaje. Nació cuando el capitalismo estuvo dispuesto a hacer concesiones significativas (concesiones que jamás habría hecho si solo hubiera tenido que enfrentarse con esta versión blanda del socialismo).
    Como el capitalismo ha vuelto a sus orígenes salvajes, no le queda otra opción a la izquierda que volver a los suyos, a cara de perro además. Salvo que quiera atenerse al papel que le han asignado los salvajes, que no es otro que el de cómplice de la barbaridad en curso. Tal es mi punto de vista en estos momentos.
   Al capitalismo vigente le corresponde una respuesta anticapitalista tan actualizada y refinada como seamos capaces de concebir, pero desde ahora mismo decidida. ¡Ya está bien de soportar la milonga thatcheriana de que no hay alternativas! La economía debe ser sometida a los intereses de la humanidad y punto.
     Dicho lo cual, debo añadir, para tranquilidad de mi corresponsal, que no debe ver en mí un admirador de Stalin o de Pol Pot. Soy,  por encima de todo, un humanista. Esos personajes me repugnan tanto como a él. A lo que debo añadir que los primates del capitalismo salvaje me inspiran no menor repugnancia.
    Aunque mi corresponsal no lo crea, hay un comunismo humanista, hay un socialismo humanista, hay un anarquismo humanista e incluso un liberalismo humanista, como hubo, mal que le pesase a Althusser, un Marx humanista, como hay, por cierto, un cristianismo humanista (pregúntele al papa Francisco lo que piensa del sistema económico). En esos espacios, si me busca, podría encontrarme. De esos humanismos saldrá la economía del futuro, si es que lo hay.
    No le doy más pistas. Pero me permito añadir que, entre las tareas pendientes de la izquierda figura, en primer lugar, y su carta me lo recuerda, la de quitarse de encima de una vez por todas el sambenito de ser tan inhumana como sus enemigos capitalistas. Y nada más sencillo, porque canallas como Stalin y Pol Pot no representaron ni entonces ni ahora a toda la izquierda, por mucho que lo publicite el establishment  con la impagable ayuda de unos nostálgicos completamente ajenos al sentir de la izquierda progresista.
     En cuanto al futuro, admito que no las tengo todas conmigo y que entiendo que me considere un pesimista si es, como sospecho, un ciudadano bienpensante, capaz de hacer buenas hasta las mentiras, que quiere creer que él no tiene nada que temer de la progresión de la Bestia neoliberal.
    La  terrible crisis planetaria causada por la Bestia está siendo aprovechada por ella misma de la manera más alevosa para imponernos un modelo de sociedad clasista y criminal. Lo que no deja mucho margen para la esperanza.
     Si nada la frenó en el punto de partida ni tampoco al derrumbarse la pirámide de Ponzi en que nos había metido, si continúa su galopada, ¿por qué iba a detenerse ahora, siete años después, cuando ya ha conseguido que los pueblos desprevenidos paguen la factura de su juerga global y alzarse con nuevos beneficios estratosféricos?
    No ignoro que la humanidad ha sido capaz de sobreponerse a la barbarie en varias ocasiones, siquiera relativamente, como ocurrió, por ejemplo, al término de la Segunda Guerra Mundial, y por eso mismo me estremezco. ¿Hasta qué punto tendrá que llegar ahora el sufrimiento antes de que se consolide un cambio de mentalidad que deje sin aire a la Bestia, antes de que se genere un significativo cambio a mejor?
   En buena ley, el ciclo neoliberal debería estar agotado y sus rapsodas  con el rabo entre las piernas. Pero no. De modo que queda mucho sufrimiento por delante. La manera en que se provocan y tratan los problemas, sean puramente económicos o geoestratégicos y económicos no permite hacerse ni la menor ilusión (piénsese en Afganistán, Irak, Libia y Siria, por ejemplo, medítese sobre la socialización de las pérdidas como modus operandi ).
   Ojalá que la humanidad encuentre la manera de sobreponerse a tanta barbarie, pero no puedo ignorar que el tiempo trabaja en contra.  Se ciernen sobre nosotros tremendos problemas ecológicos y la Bestia sigue adelante sin inmutarse.
    Mi admirada Naomi Klein cree que, quizá, la magnitud del desastre ecológico que se nos viene encima a consecuencia del cambio climático y de la tóxica fijación a los combustibles fósiles podría dejar fuera de juego a la Bestia neoliberal,  bajo cuya demencial dirección vamos  en línea recta e irreversiblemente hacia un infierno.
   Hasta puede venirnos bien topar con los límites ecológicos,  cree ella,  en orden a resolver de una tacada el problema del calentamiento global y el horror de la desigualdad  y la pobreza, y claro que la acompañaré en esta esperanza, hasta donde me sea posible. Me fío de su criterio, del criterio de las buenas gentes y de los científicos que no se han dejado sobornar, pero del poder establecido no me fío un pelo. Lo considero capaz de cualquier barbaridad. Pedirle que frene, venirle con razonamientos morales y llamadas a la cordura está tan fuera de lugar como lo estuvo en el caso de Hitler, dicho sea en plan clínico.

martes, 21 de julio de 2015

UNA LECCIÓN DEL CASO GRIEGO

   Los esfuerzos de Grecia por alcanzar un acuerdo sensato dentro de los esquemas oficiales han concluido con una rendición humillante y fatídica para los griegos, obligados a renunciar la última esperanza de salir del pozo que les quedaba.
   De acuerdo, nada; de solución, nada de nada. Ha sido un Diktat en toda la regla. El país y sus moradores, a subasta, sin porvenir. ¡Y en Europa!
    El no de los griegos a ese Diktat criminal y los intentos negociadores de Tsipras y Varufakis, basados en la creencia de que todavía rigen los valores de la vieja Europa y en la suposición de que las altas instancias del planeta no pueden estar locas de remate,  han servido para constatar cómo se las gastan los matones que rigen nuestros destinos. En ellos no hay asomo de racionalidad, ni de compromiso con el bien común, ni de humanitarismo.
    Como se recordará,  Varufakis llegó a afirmar que intentaba “salvar al capitalismo de sí mismo”.  Contaba pues con la quijotesca esperanza de que la crudeza del caso griego motivase una excepción que terminase por servir de límite al capitalismo salvaje, un primer paso hacia su caída en desuso en todo el ámbito europeo.  Los hechos demenciales y antihumanos de ese capitalismo hablaban por sí mismos, y quizá había llegado el momento de poner fin a su hegemonía con el auxilio de sus propios valedores, supuestamente alarmados ante el curso de los acontecimientos.
    Varufakis contaba, en efecto, con la posibilidad de que justo ahora se diesen los primeros pasos hacia la moderación del capitalismo salvaje, los primeros intentos de embridarlo, de retrotraerlo a las coordenadas anteriores a su reposición. No tenía intenciones rupturistas, pretendía encontrar un virtuoso término medio, una solución no traumática. Los matones le dieron con la puerta en las narices, ya decididos, por anticipado, a dejar al pueblo griego en los huesos.
   Me pregunto a cuántos europeos socialdemócratas nos chafó la nariz ese portazo que Varufakis recibió en la suya. Claro que Varufakis no es Roosevelt, de quien se ha dicho que salvó el capitalismo, ni los matones entienden, a estas alturas, de qué va eso de salvar al capitalismo de sí mismo. Pero había que intentarlo, por no haber una opción no traumática a la vista, contando también con el hecho de que Grecia no es un país rico. Y él lo intentó, a mi juicio meritoriamente.
    Pero otra cosa sería repetir el intento.  El portazo ha venido a cargarse una remotísima esperanza que algunos europeos albergábamos en el fondo del la corazón: la de que milagrosamente prevalecieran, en el último momento, las razones de humanidad y cordura que considerábamos propias de la Europa escarmentada por dos guerras mundiales y depositaria de los altos valores de la civilización.  Y de eso, nada.
   De modo que, en último análisis, debemos a la rectitud de Varufakis  y al valiente no de los griegos una dolorosa lección histórica, una aclaración a la que ya no cabe resistirse. Ni el capitalismo quiere ser salvado, ni nos compete a nosotros salvarlo. La remota esperanza, perdida está.
    Es evidente que los socialdemócratas europeos, hechos a pensar en tiempos templados, nos habíamos olvidado de cuál es la esencia del capitalismo, torpeza que estamos pagando con creces.
    El portazo en forma de Diktat ha sucedido tras una larga sucesión de barbaridades. La reposición del capitalismo salvaje viene de lejos. Reléase La doctrina del shock, de Naomi Klein. Complétese la lectura con un repaso de los casos recientes. Para vomitar.
   Lo de Grecia es una repetición, lo de Europa es una repetición. Véase la secuencia, y hablaremos de una continuación, de un crescendo monomaníaco. La Bestia neoliberal va a toda máquina, insensible a las advertencias de Krugman, Stiglitz, Roubini, Piketty y demás sabios sometidos a un régimen de escalofríos.
   ¿En qué quedó aquello de refundar el capitalismo tras el derrumbe de la pirámide de Ponzi planetaria en el 2008? En que los mismos responsables de la locura fueron llamados a arreglar el desaguisado. Se impuso la idea de aprovechar la confusión y el miedo  para transferir a los pueblos desprevenidos el montante de la juerga,  la de aprovechar la crisis para liquidar la singularidad europea en materia social,  la de terminar de abatir las fronteras para mejor apoderarse de los bienes ajenos. La Bestia no frenó, aceleró.
   No entienden los economistas ilustrados que se prolongue el austericidio (como si a su ciencia se le pasara por alto su artera función instrumental, de dominio sobre los más débiles). No entienden que no se haga nada para atemperar la locura, pero lo entiendan o no, da igual.  Ya pueden ellos proponer reformas inteligentes en el último capítulo de sus libros críticos que nadie  les hará el menor caso. El portazo en las narices de Varufakis ha disipado cualquier duda al respecto. Y ahora vienen los misteriosos TTIP y el TiSA… Suma y sigue, cuando ya estamos metidos en una catástrofe humanitaria global y en puertas de un desastre ecológico de proporciones incalculables.
    Visto lo visto y tras el portazo a Varufakis, se da uno de bruces con una evidencia insoslayable: la operatividad de la socialdemocracia ha quedado brutalmente cuestionada, como si toda ella hubiera sido puesta fuera de juego por la historia. Me duele decirlo, pero no me quiero llamar a engaño. Ya no estamos ante un simple desgaste, ante la deriva neoliberal de unos socialdemócratas de tres al cuarto, de unos paquetes como Hollande o Schulz, ante unos renegados o vendidos, tipo Tony Blair. No, la cosa es más grave.
     La socialdemocracia está funcionando en el vacío. Pero no de manera inofensiva: crea falsas esperanzas y complace a los matones una jugada tras otra, encantados de disponer de una fuente auxiliar de legitimidad para la comisión de cualquier atrocidad que se les pase por la cabeza. En el mejor de los casos, es un colector de nostálgicos e ingenuos; en el peor, una fábrica de cómplices por activa o por pasiva.
     La socialdemocracia despuntó como opción cuando el capitalismo dio algunas muestras de autocontención, al topar con sus dificultades y con las realidades sociales. De hecho, pudo funcionar  y suscitar esperanzas de progreso cuando del otro lado había interlocutores, estadistas que grosso modo entendían algo de historia y poseían un mínimo de sensibilidad social o, al menos, ganas de aparentarla. Con matones, chantajistas y ventajistas neoliberales no funciona en absoluto, como se ha demostrado en el caso Varufakis (el único socialdemócrata serio y respetable del que se ha tenido noticia en los últimos tiempos).
    De modo que es la propia relación de los socialdemócratas con el capitalismo la que debe ser revisada de pies a cabeza, sin contemplaciones, sin esperanzas ingenuas, en nombre de la humanidad. Habrá que desempolvar a los viejos maestros, que pensaron cuando el capitalismo era tan salvaje como hoy, y proceder a las actualizaciones de rigor. Tal es la lección que el caso griego me impone a mí. Si el capitalismo ha regresado a sus orígenes salvajes, mi  querido pensar socialdemócrata no pinta nada. 

viernes, 12 de octubre de 2012

RECORDANDO A DIONISIO RIDRUEJO


     Hoy, 12 de octubre, se conmemora el centenario del nacimiento de Dionisio Ridruejo (Burgo de Osma, 1912-Madrid, 1975). Aún me duele su ausencia, aún me pregunto qué pensaría él de esto o de lo otro, de lo que me pasa a mí, y de lo que nos pasa. Y cosa extraña, ahora que me acerco a la edad en que él murió, constato que su figura, lejos de empequeñecerse, se ha ido agrandando en mi  memoria.  
    Estoy a la espera de que salga la reedición corregida y aumentada de mi libro Dionisio Ridruejo, poeta y político. Relato de una existencia auténtica, que estará disponible muy pronto (RBA). Allí cuento su vida, una vida digna de ser contada, y a la que habrá que regresar muchas veces para tratar de entenderle no sólo a él sino también al tiempo que le tocó vivir, sobre el que todavía proyectamos un viejo esquema maniqueo del que más nos vale escapar. A ese libro remito al lector interesado, pues su vida no cabe en un post… Mi visión más intimista se encuentra en “El yo misterioso de Dionisio Ridruejo” (http://www.tintank.es/?p=111).
    Hoy, brevemente, y a manera de homenaje, quisiera tener un emocionado recuerdo para todo lo que él hizo con el sostenido propósito de cancelar la lógica fatal de 1936. De un modo o de otro, todos los demócratas estamos en deuda con él, por  su abnegación y por su lucidez. 
     Y también quiero tener un recuerdo para su definición política de madurez. Él se definía como “neosocialista”, es decir, como socialista liberal, no marxista, o como “socialdemócrata”. Y es que no había renunciado a la meta última de la revolución: la sociedad sin clases.  Ya de vuelta de cualquier veleidad mesiánica, era una meta a alcanzar por vía democrática, como resultado de un  esfuerzo colectivo. Es lo que me enseñó.
    Ya sé que mis contemporáneos, al oír que era un “socialdemócrata”, lo imaginarán de la hechura de un Schröder, de un Blair o de un Rodríguez Zapatero. Y no. Era de otra madera, dicho sea sin ánimo de ofender a nadie. No era lo que se entiende por un iluso, pero de acomodaticio no tenía un pelo. Ridruejo quería “socializar la riqueza”, como me dijo reiteradamente, saliendo al paso de mis dudas e inquietudes. Primero, la democratización, y luego a trabajar con ese deseo entre pecho y espalda.  
   En su representación del futuro próximo, se veía en el centro-izquierda, entre un PSOE todavía marxista y una democracia cristiana de amplia base. Le parecía de vital importancia situarse entre ambas fuerzas, con la idea de impedir que izquierda y derecha chocasen como ciegas placas tectónicas.
    Como todo el sistema se ha desplazado espectacularmente hacia la derecha, hoy le veríamos a la izquierda…   No sé qué nos diría, pero creo que  sus lecciones políticas y vitales merecen un buen repaso precisamente ahora, cuando nos toca unir voluntades diversas con el superior objetivo de poner fin a la dictadura neoliberal, aparentemente tan imbatible como lo fue el franquismo en su tiempo.