sábado, 2 de febrero de 2013

HACIA EL PUNTO DE NO RETORNO


    En los últimos tiempos no he escrito nada en este blog. Me ha dado una especie de vértigo, asociado a un cierto sentido de la responsabilidad. Y es que no quisiera echar leña al fuego, cosa que resulta simplemente de enumerar nombres  (Bárcenas, Urdangarín, Revenga, Corinna, Díaz Ferrán, Rato, Pujol,  Mato…). Depende con qué se junte Gürtel para provocar una reacción en cadena. Ni siquiera es prudente hablar de trajes a medida o de sobres, porque en presencia de recortes y privatizaciones es como jugar con fuego.
   Desde hace tiempo tengo la impresión de que nos acercamos al punto de no retorno, a partir del cual no habrá forma de volver al buen rollo que tanto le costó conseguir a este país.  Y esto me preocupa  y me deprime. No puedo olvidar con qué rapidez pasaron nuestros abuelos de la alegría al horror. ¿Quién les hubiera dicho el alegre 14 de abril de 1931  que la Guerra Civil les esperaba a la vuelta de la esquina?  Hay que andar con pies de plomo, no sea que esto acabe mal, no digo que como entonces, pero mal, muy mal. ¿Qué hay más allá del punto de no retorno? Conozco mis sueños, pero, contando con las arteras realidades, la verdad es que no lo sé.
     Algo me dice que el porvenir depende del buen hacer, de la integridad  y hasta de la genialidad de quienes nunca han estado en el poder. El sistema bipartidista que hemos conocido hasta la fecha está  muerto y enterrado. Es cierto que quedan dos zombies todavía muy serios y pomposos, pero eso no quiere decir nada. Una forma de hacer política terminó el día en que los dos partidos mayoritarios se reunieron en secreto y prostituyeron la Constitución a pedido de unos vampiros. Durante las vacaciones de verano, sin avisar.  Hubo un antes y un después. Fue un atentado contra el orden democrático, algo repugnante, algo que jamás se le habría podido pasar por la cabeza a un demócrata serio.
    No se puede gobernar chulescamente en función de intereses particulares y de espaldas al bien común, aunque se disponga de una mayoría absoluta. La legitimidad de un sistema de poder, sea democrático o no, depende de que la gente no vea a los que están arriba como meros explotadores, depende de una redistribución de la riqueza más o menos efectiva. La chulería se puede perdonar, el acaparamiento no. Y si ambas cosas se suman, adiós. No descubro nada.
  Dicha redistribución no se inventó para dar curso al llamado Estado de Servicios: viene de la noche de los tiempos, y fue practicada por toda clase de jefes de banda y de reyezuelos, desde el neolítico en adelante.  Allí donde cesa, ahí donde la camarilla superior se dedica a laminar los derechos de la gente –otorgados en una fase anterior–, a sangrar el erario público y al pueblo indefenso, cuando se limita a intercambiar dineros y favores en las alturas, la legitimidad desaparece, sea cual sea la forma de gobierno. Hacer política de espaldas a tan elemental principio es, a estas alturas de la historia, una locura, más propia de ludópatas que de personas con dos dedos de frente. La creencia de que se puede usar la democracia para ir contra el bien común es vieja, pero siempre ha acabado en un desastre.
    Ni con la mejor voluntad podemos atribuir a simple torpeza el haber caído de lleno la seducción del ladrillo, en la burbuja, como tampoco podemos atribuir la clamorosa ausencia de planes alternativos a una falta de reflejos. Simplemente, ha tenido lugar –tiene lugar– un gran negocio. De ahí el trasiego de maletines y de sobres, de ahí el compadreo y el desprecio de la verdad.
    Es muy triste comprobar que a lo largo de estos años de democracia –en los que hemos presenciado el despertar de capacidades muy prometedoras–,  se ha consolidado la vieja manera oscura y antidemocrática de hacer las cosas, a base de chanchullos realizados a la sombra del poder, la fórmula del capitalismo bananero, una variante del capitalismo salvaje típica de los países subdesarrollados.
    ¿Ahora que todo el mundo ve el negocio, de maletines a sobres, se puede seguir en las mismas? Llegados a este punto, no lo creo, aunque haya que contar con la movilización de un ejército de abogados y con una legión de asesores de imagen. El daño está hecho. Y como la gente está sufriendo, mal asunto.  Por eso hay que andar con cuidado, para no hacernos daño y salir todos bien librados.

jueves, 8 de noviembre de 2012

A PROPÓSITO DE ROBESPIERRE Y DE SPINOZA


   Y a propósito también de Manuel Fernández-Cuesta, que acaba de publicar dos artículos que me han llamado poderosamente la atención, “Robespierre y el imaginario constituyente”  y “Spinoza y la necesidad de lo colectivo”. 
   Me complace que Manuel Fernández-Cuesta se haya saltado las normas de etiqueta y nos ponga ante una cita de Robespierre sin preocuparse por los escalofríos que este nombre  pueda provocar: “Un pueblo cuyos mandatarios no deben dar cuenta de su gestión a nadie no tiene Constitución. Un pueblo cuyos mandatarios sólo rinden cuentas a otros mandatarios inviolables, no tiene Constitución, ya que depende de éstos traicionarlo impunemente y dejar que lo traicionen los otros”.  Y no me complace menos escuchar la voz de Spinoza, entendida como una apelación a la sabiduría, en abierto desafío contra la el burdo darwinismo social que pretenden imponernos los doctrinarios del Estado neoliberal (todo él concebido para llevarse por delante el bien común e imponernos la ley de la jungla).  
    ¿Acaso es demasiado remoto y oscuro Spinoza? Pues no: las citas que trae a colación Manuel Fernández-Cuesta, tomadas de su Ética, son de las que no dejan dormir: “Aquella sociedad, cuya paz depende de la inercia de unos súbditos que se comportan como ganado, porque sólo saben actuar como esclavos, merece más bien el nombre de soledad que de sociedad”. De pronto, he aquí que el pensamiento de Robespierre y el de Spinoza se hacen presentes, con una tremenda carga de actualidad.  Manuel Fernández-Cuesta nos invita, o más bien nos obliga, a contemplar la realidad a la luz de la herencia intelectual que nos corresponde.
     Desde la óptica del poder que pretende arrasarnos debe ser hasta gracioso vernos mareados por “las noticias”, empeñados en hacernos de nuevas, insistir en la acomodación, seguir al pie de la letra la norma no escrita que impide mentar a Robespierre,  a Spinoza, a Marx o  a Engels, cual si fuéramos todos unos perfectos inocentes, pequeños Adanes dispersos a los que se puede vender mil veces la misma mula coja…  ¡Y ya basta!
   Véase http://www.eldiario.es/zonacritica/Robespierre-imaginario-constituyente_6_61303876.html y  http://www.eldiario.es/zonacritica/Spinoza-necesidad-colectivo_6_65853427.html  

viernes, 12 de octubre de 2012

RECORDANDO A DIONISIO RIDRUEJO


     Hoy, 12 de octubre, se conmemora el centenario del nacimiento de Dionisio Ridruejo (Burgo de Osma, 1912-Madrid, 1975). Aún me duele su ausencia, aún me pregunto qué pensaría él de esto o de lo otro, de lo que me pasa a mí, y de lo que nos pasa. Y cosa extraña, ahora que me acerco a la edad en que él murió, constato que su figura, lejos de empequeñecerse, se ha ido agrandando en mi  memoria.  
    Estoy a la espera de que salga la reedición corregida y aumentada de mi libro Dionisio Ridruejo, poeta y político. Relato de una existencia auténtica, que estará disponible muy pronto (RBA). Allí cuento su vida, una vida digna de ser contada, y a la que habrá que regresar muchas veces para tratar de entenderle no sólo a él sino también al tiempo que le tocó vivir, sobre el que todavía proyectamos un viejo esquema maniqueo del que más nos vale escapar. A ese libro remito al lector interesado, pues su vida no cabe en un post… Mi visión más intimista se encuentra en “El yo misterioso de Dionisio Ridruejo” (http://www.tintank.es/?p=111).
    Hoy, brevemente, y a manera de homenaje, quisiera tener un emocionado recuerdo para todo lo que él hizo con el sostenido propósito de cancelar la lógica fatal de 1936. De un modo o de otro, todos los demócratas estamos en deuda con él, por  su abnegación y por su lucidez. 
     Y también quiero tener un recuerdo para su definición política de madurez. Él se definía como “neosocialista”, es decir, como socialista liberal, no marxista, o como “socialdemócrata”. Y es que no había renunciado a la meta última de la revolución: la sociedad sin clases.  Ya de vuelta de cualquier veleidad mesiánica, era una meta a alcanzar por vía democrática, como resultado de un  esfuerzo colectivo. Es lo que me enseñó.
    Ya sé que mis contemporáneos, al oír que era un “socialdemócrata”, lo imaginarán de la hechura de un Schröder, de un Blair o de un Rodríguez Zapatero. Y no. Era de otra madera, dicho sea sin ánimo de ofender a nadie. No era lo que se entiende por un iluso, pero de acomodaticio no tenía un pelo. Ridruejo quería “socializar la riqueza”, como me dijo reiteradamente, saliendo al paso de mis dudas e inquietudes. Primero, la democratización, y luego a trabajar con ese deseo entre pecho y espalda.  
   En su representación del futuro próximo, se veía en el centro-izquierda, entre un PSOE todavía marxista y una democracia cristiana de amplia base. Le parecía de vital importancia situarse entre ambas fuerzas, con la idea de impedir que izquierda y derecha chocasen como ciegas placas tectónicas.
    Como todo el sistema se ha desplazado espectacularmente hacia la derecha, hoy le veríamos a la izquierda…   No sé qué nos diría, pero creo que  sus lecciones políticas y vitales merecen un buen repaso precisamente ahora, cuando nos toca unir voluntades diversas con el superior objetivo de poner fin a la dictadura neoliberal, aparentemente tan imbatible como lo fue el franquismo en su tiempo.

martes, 9 de octubre de 2012

HACIA UN FRENTE AMPLIO CONTRA LA BESTIA NEOLIBERAL


  La situación no puede ser más grave, ni de peor pronóstico. Gestionada a favor de una oligarquía transnacional, la llamada “crisis económica” se ha convertido ya en una crisis política en toda la regla. De seguir las cosas así, pronto no quedará nada de ese bien precioso llamado legitimidad democrática. La gente se siente atropellada y arteramente estafada. La “convenida decadencia” de nuestra clase política no es una boutade del juez Perdaz; es una triste realidad.
    Asistimos al ignominioso final del “bipartidismo imperfecto” que rigió los destinos del país desde la Transición. El PP y el PSOE han cavado una fosa decididos a compartirla. Su habituación al poder y su estricta adecuación a los intereses oligárquicos dejan poco margen a la esperanza de que vayan a ser capaces de regenerarse sobre la marcha.
   ¿Qué cabe esperar de dos partidos capaces de prostituir la Constitución con nocturnidad y alevosía para darle el gusto a unos rufianes? Ambos dos nos han metido en este camino de perdición, y ambos han tenido su parte en la conversión del proyecto europeo en una estación de servicio para las oligarquías locales y transnacionales. No dudo de que en ambos partidos hay gentes de bien, pero dudo de que sean capaces de rectificar la deriva insensata: llevamos no sé cuánto tiempo esperando que esas personas hagan valer, a gritos si es preciso, en Ferraz y en Génova, pero también en Bruselas, los principios que dieron su razón de ser a sus respectivos partidos.
    Tal y como están las cosas, creo que el porvenir de nuestra democracia depende del buen hacer de los partidos pequeños. Y esto cuando la gente está realmente harta de los políticos, cuando se oyen discursos antipolíticos que no habrían desentonado durante la agonía de la República de Weimar. Ya están pagando justos por pecadores y mucha gente da por sobreentendido que todos los partidos son igualmente nefastos (una manera posmoderna de darle la razón al mismísimo Franco).
    Para salvar nuestra democracia, esos partidos pequeños tendrán que dar el do de pecho en circunstancias sumamente adversas, sin altavoces mediáticos, bloqueados por una ley electoral impresentable, con todas las fuerzas de la oligarquía en su contra. ¿Y cree alguien que podrán llegar lejos compitiendo entre sí?  
     Nuestra  democracia necesita es una alternativa clara, a la que no se llega simplemente criticando los hechos del gobierno, ni tampoco haciendo gestos de inteligencia a las personas que se manifiestan en nuestras calles y plazas. Bien están esas críticas y estos gestos, pero hace falta más.  En primer lugar, algunos principios seriamente meditados, en segundo lugar, un renovado sentido de la unidad. Si a la hora de la verdad el votante crítico o rebelde se va a quedar dudando entre Izquierda Anticapitalista, Equo, Los Verdes, Izquierda Unida, Izquierda Abierta y Unión, Progreso y Democracia, quizá para recaer en el llamado voto útil o para quedarse en casa, mal asunto. ¡Una vez más se le habría hecho el juego a a la perversión que padecemos!
    La situación es tan grave que, viendo venir un serio problema de gobernabilidad, elementos favorables a la continuidad del presente estado de cosas han hecho un llamamiento a favor de un “gobierno de concentración”, con “acuerdos de Estado” entre el PP y el PSOE.  ¡A ver si entre los dos nos imponen, a costa de la democracia, los dictados antisociales que rechazamos de plano! Urge, por lo tanto, que lo que ya cabe definir como oposición a dicho estado de cosas –como oposición a la Bestia neoliberal–, de los pasos necesarios para constituir un Frente Amplio, en el que puedan tener cabida los elementos más dispares, incluidos los procedentes del naufragio de los partidos hegemónicos.  
    Esta propuesta puede asustar a quienes tengan un mal recuerdo del Frente Popular, pero más nos debería asustar que la Bestia siga a su bola sin topar con ninguna barrera digna de tal nombre. Y lo primero es constituir una plataforma de convergencia, capaz de refinar un programa común de actuación, capaz de poner en limpio las ideas y los acuerdos, en la que los representantes del 15M y de otras fuerzas sociales deberían participar por derecho propio.
     La alternativa debe quedar explícita, explícitos y bien razonados sus objetivos, claro el entendimiento  de las distintas fuerzas, o no será creíble y la ola antipolítica seguirá su curso hasta convertirse en un tsunami. Clara la alternativa y clara la unión de quienes se oponen a  la Bestia, la sensación de que no estamos representados en la arena política desaparecería en poco tiempo, iniciándose la cura de nuestra democracia.
    Naturalmente,  para dar vida a un Frente Amplio hay adaptar tales o cuales principios partidistas,  hay que renunciar a tales o cuales parcelas de poder en el seno de los grupos participantes. Ahora bien, si las cominerías particulares y las ansias de dominio de unos sobre otros se impusieran, haciendo imposibles los acuerdos, se estaría dando la razón a los cultores de la antipolítica y ofreciendo un feo aval a los que dicen que todos los políticos son iguales.
   Aquí y ahora de lo que se trata es de poner fin a la galopada de la Bestia neoliberal, y esto sólo será posible si se actúa de común acuerdo, con los medios y las personas disponibles. En el pasado, fue posible, mediante la unidad de fuerzas muy diversas, al parecer incompatibles, y por una racionalidad común, debidamente conquistada, poner fin a la dictadura franquista. Esta cayó porque la gente se movilizó, con una impresionante sucesión de huelgas, y porque los liberales, los democristianos, los socialistas (todavía marxistas), los socialdemócratas, los comunistas y hasta gentes que formaban parte de la élite franquista lograron entenderse y actuar unánime e inequívocamente contra el orden de cosas imperante. Esto quiere decir que, cuando se visualiza un fin superior, la unión es posible  e históricamente efectiva. O acabamos con la Bestia neoliberal entre todos, o ella acabará con nosotros y con nuestros hijos. 

viernes, 5 de octubre de 2012

GRACIAS, SEÑOR PEDRAZ



   Pese a quien pese, el juez Pedraz ha hecho muy bien en mantenerse firme ante la infame pretensión de castigar cual si fueran grandísimos terroristas a unas víctimas del brazo represor del Estado escogidas más o menos al azar.
    Y desde luego, ha hecho muy bien al recoger en su auto la evidencia de que nuestra clase política se encuentra en sus horas bajas. Le han llamado “pijo”, “ácrata” y hasta “indecente”, lo que nos da una idea de lo que pasa en este país cuando alguien contempla la realidad con los ojos bien abiertos, cuando alguien se niega a participar en el juego de prestidigitación en que se ha convertido el ejercicio del poder.
   El juez insultado le ha hecho un favor a la democracia, pues ha ofrecido amparo a quienes están hartos de que esta sea utilizada en perjuicio del bien común.  La ceguera y la prepotencia de sus detractores merecía este saludable correctivo.
   Pero este ha sido sólo un capítulo de una historia que va para largo. No se ha modificado en vano el código penal y no cabe pasar por alto los tremendos delitos que, de haber podido, les hubieran endosado a los detenidos, en parte como aviso para navegantes.
   En todas partes y en todo tiempo, las medidas contrarias al bien común se han visto acompañadas por crecientes dosis de brutalidad. Y es evidente que los máximos dirigentes europeos y españoles, simples lacayos del gran capital, cabalgan en solitario,  en plan mafioso, creídos de que con la propaganda y con las porras van lo que se dice sobrados. ¡Qué insensatos! Convencido estoy de que necesitamos muchos Pedraz, aquí y en Bruselas.

VARGAS LLOSA ELOGIA A ESPERANZA AGUIRRE


  “Esa Juana de Arco liberal” se titula el artículo publicado por Vagas Llosa en El País (23-9-2012), un elogioso texto dedicado a Esperanza Aguirre con motivo de su “despedida”. El ilustre escritor y  la llamada “lideresa” son amigos, desde hace tiempo, y él está convencido de que ella, de haber estado al frente de la nave, nos hubiera ahorrado el presente naufragio…
     Por lo visto, Vargas Llosa vio en ella una “Juana de Arco liberal” allá por el año 1984, cuando la conoció. El emotivo desbordamiento, de agradable sonoridad para la interesada y para sus muchos admiradores,  requiere algunos comentarios.
     En primer lugar, no veo heroísmo por ninguna parte. Simplemente, Esperanza Aguirre estaba en la onda de los intereses ideológicos del poder. El FMI y el Banco Mundial se encontraban en manos de los doctrinarios de su escuela desde 1980. Eran los años de Reagan y de la señora Thatcher, los años de la famosa “revolución conservadora”, del “capitalismo popular”, de la “sociedad de propietarios” y de otras milongas por el estilo. Simplemente, Esperanza Aguirre estaba en la onda, como el profesor Pedro Schwartz, su primer jefe de filas político. Cierto es que otros, como Boyer, Solchaga o Rato, que andaban en lo mismo, eran más comedidos, dato que no añade méritos especiales a Esperanza Aguirre, por aquel entonces con menos responsabilidades.
    En segundo lugar, la comparación con Juana de Arco me parece muy chapucera.  La heroína francesa era una campesina que oía voces de lo alto y que estaba dispuesta a dar la vida por la liberación de su patria…  No sé reconstruir la asociación de ideas que puede llevar a compararla con una condesa que sólo atiende a la voz del poder terrenal y que cultiva una  doctrina que, lejos de servir a su patria, sólo puede servir para venderla al mejor postor, como ya todos podemos considerar demostrado.
     Y en tercer lugar, como cabe la posibilidad de que Esperanza Aguirre se haya retirado para no verse inmersa en el lodazal y para darse la oportunidad de reaparecer mañana con aires de salvadora, en plan “Juana de Arco”, no puedo hacer la vista gorda ante la contribución de Vargas Llosa a un equívoco sumamente peligroso que afecta la representación que la gente se hace de el liberalismo.
    Vargas Llosa no falta a la verdad cuando dice que Esperanza Aguirre es una “liberal”. Porque lo es. Ahora bien,  no nos engañemos, hablando con propiedad, es una neoliberal El neoliberalismo es una variante del liberalismo, y considero muy poco juicioso en términos políticos e históricos, por no decir malicioso, confundir esa variante específica con el todo del que forma parte.  Esperanza Aguirre es una superviente no actualizada de la era Reagan-Thatcher, es decir, una liberal en el sentido de Friedman y de Hayek,  no en el sentido de Keynes o Bedveridge.  
   Y estamos hablando después de Enron, después del  la estafa de Lehman Brothers, ya metidos hasta el cuello en las espantosas consecuencias mundiales de la “revolución conservadora” capitaneada ideológicamente por Friedman.  Si se le concede a la señora Aguirre la representación del liberalismo, este corre peligro de ser odiado y rechazado por sus millones de víctimas.
   La señora Aguirre se ha reputado neoliberal sin ningún remilgo. Está orgullosa de serlo y no he visto en ella el menor signo de autocrítica. Pero he aquí que la definición de “liberal” tiene segundas intenciones. Ya sé que Vargas Llosa afirma –se lo he oído de viva voz–, que el neoliberalismo no existe. A cierto nivel,  viste más decir que uno es liberal a decir que es neoliberal... Pero hay gato encerrado.
     La poderosa mercadotecnia neoliberal, a la que ostensiblemente contribuye Vargas Llosa, está a punto de conseguir que el liberalismo, todo él, se reduzca a la versión encarnada por personas como Esperanza Aguirre,  personas capaces de defender el capitalismo salvaje, de ponerle una alfombra roja al señor Adelson, y de apoyar que se proscriba el aborto en casos de malformación fetal, todo en uno y desde la absoluta y antiliberal convicción de tener toda la razón, tanta razón que hasta se puede tratar de tontainas, con aires de superioridad –con una intolerancia que causa rubor–, a cualquiera que no haya hecho suyo el catecismo neoliberal de Milton Friedman y de su discípulo Schwartz.
    El problema es que mucha gente empieza ceder a la presión de la mercadotecnia neoliberal. Es como si el neoliberalismo hubiera conseguido hacerse con el monopolio del liberalismo, hasta el punto de que esta palabra empieza a tener un sonido aborrecible, a juzgar por los resultados.  Esto podría ser desastroso. La ceremonia de la confusión ha sido llevada demasiado lejos, y mucha gente, víctima de la ignorancia y de voces sofísticas, como la que acaba de regalarnos Vargas Llosa, ya está en situación de arrojar por la borda todo el liberalismo y de recaer consecuentemente en el absolutismo, como si viviéramos en los tiempos de Marx, de Lenin, de Hitler o de Franco, los cuatro asqueados ante lo que se entiende por capitalismo salvaje. Estamos ante un caso de apropiación indebida del liberalismo por una de sus facciones. Como liberal en el sentido filosófico y político del término, me veo en la necesidad de denunciar este odioso fenómeno.

domingo, 9 de septiembre de 2012

MONTI Y VAN ROMPUY CONTRA EL “POPULISMO”


     A la salida de foro Ambrosetti, celebrado en la ciudad italiana de Cernobbio, Monti y Van Rompuy se han mostrado decididos a emprender una campaña de altos vuelos contra “el populismo”, entendido como un peligro para la Europa que ellos nos quieren imponer.
    Como es sabido, apelar a los peligros del “populismo” está de moda en los cenáculos neoliberales. No hace mucho José María Aznar realizó una campaña contra el populismo en tierras de Hispanoamérica, sin pensar ni poco ni mucho en que su partido por algo se llama “popular”.  Esa campaña figuraba, desde luego, en el guión neoliberal, ahora recuperado por el foro Ambrosetti con la vista puesta en la desventurada Europa. Se sobreentiende que populista es Hugo Chávez, y que es algo horrible, irracional, con una incomprensible pulsión nacionalista.  Monti y Van Rompuy se quieren curar en salud. 
     Una de dos: o no entienden la oposición de los europeos a la operación destructiva que ellos se traen entre manos, o la entienden pero han optado por desacreditarla por el procedimiento de escupirle encima la palabra “populista”. En el primer caso, estarían fuera de la realidad y en el segundo serían unos malvados. 
    Lo único claro es que la clase dirigente europea va a su bola, pendiente de sus patrocinadores y de espaldas a la gente. De ahí que no se haya oído un solo mea culpa procedente de las altas esferas, de ahí que no se haya hecho el más mínimo gesto de querer dialogar, de ahí la manera dictatorial de la que hacen gala sistemáticamente los máximos dirigentes europeos. Que nuestra Europa nada tiene que ver con su Europa elitista es obvio, por lo que su campaña antipopulista será digna de verse. Imagino a sus expertos en mercadotecnia tratando de vendernos su modelo oligárquico y no sé si reír o llorar. Es muy difícil que el populismo se cargue a Europa, por no decir imposible: ya se la han cargado ellos.